CUENTO: Pescado para la Cena.

Capítulo II

Autor: S.C. Ruiz

El pequeño Carlos no lo podía creer, el río tenía voz, y había decidido hablarle, contestarle. Pero se extrañó por su voz, pues esperaba algo más mágico, una voz más trascendental, pero a cambio, escucho una vocecilla débil, pequeña, sutil y menuda. Como si el río fuera mínimo, un ser nada tremendo como demostraba en la fuerza de sus aguas. Volvió a preguntarle, que si sabía quién se lo había llevado y a donde.

  • Río abajo en una gruta. Esta de mal humor. No le gusta hablar…

La misma voz, las mismas pausas, la misma entonación, el mismo misterio. Miro las aguas y como cuando se acaricia a un pequeño cachorro recién nacido, Carlos se inclinó un poco más estando de rodillas y llevando su mano por las aguas, acaricio el río. Sintiendo la corriente correr por la palma de su pequeña mano, un toque escuálido llego a sus dedos, como un saludo. Sin miedo alguno, aparto la mano y vio un pescadito, un diminuto Pataló tímido de no más de cinco centímetros de largo; plateado y brillante como los collares relucientes de los soldados de la plaza, con unos extraños ojos saltones amarillos y rechinantes como el sol del medio día. Tomándolo en sus manos, haciendo una pequeña piscina en ellas para el bienestar del extraño ejemplar, se lo acerco al oído y paso lo que tenía que pasar.

  • Hola Carlos…

La impresión le llevo a soltarlo y dejarle caer nuevamente a las aguas, levantándose asustado le procuro únicamente el correr desmedidamente. Le tomo menos de diez minutos llegar nuevamente a la casa, gritando que se habían llevado a su papá río abajo, que lo habían raptado. Pero Carlos no era tonto, no le dijo nada a su madre sobre el río, ni mucho menos sobre el diminuto Pataló; solo hablo de que a su padre se lo habían llevado.

Se hizo entonces un escándalo tremendo en el Palenque, las fuerzas de la ley temerosas del hecho creyeron que se trataba de un secuestro de manos de la guerrilla. Auguraron que se estaban aproximando y que estaban entrando en el territorio. Carlos no le dijo nada a la Policía sobre el diminuto Pataló o sobre el río, enviaron a Carlos y a su madre a casa reclutados por un par de policías, que no dejaron de hacer preguntas sobre el señor Balanta, sobre la hora de partida y el último contacto con él. Todo ese largo cuestionario, para terminar en lo mismo, en que era la guerrilla quien se lo había llevado; en pocas palabras, lo dieron por muerto y doña Lidia lo sabía también. Fue la peor noche en años, fue una noche en vela para ambos.

No dejo de pronunciar su nombre toda la noche, sollozando en medio de la oscuridad y de una torrencial lluvia de la época que, en el año es cantaros de agua los que caen del cielo. En medio de ello, entre las lágrimas de una madre y el desconsuelo de un hijo; se escuchó a lo lejos un temeroso sonido familiar, el de un acordeón casi que infernal, que solo el pequeño Carlos podía escuchar. La melodía era larga, pero se repetía, una y otra vez, iba y venía sin detenerse. Carlos espero entonces a que su madre se quedara dormida de tanto llorar, se puso las botas pantaneras, agarro la única linterna que tenía en la casa, un gorro pesquero y el impermeable de su papá que le quedaba gigante. Salió a perseguir la música en medio del torrencial aguacero, que sin percatarse termino agarrando el camino del río que tomaba casi que todos los días con su padre para ir a pescar. Pero esta vez no fue hasta donde siempre iban a pescar, siguió río abajo, caminando entre la espesura de hojas verdes enormes y el croar de las ranas plataneras blanquecinas. El pedregoso río estaba creciendo y de pronto la luz de un trueno develo la forma de una criatura solitaria en un claro sobre una enorme piedra en la mitad lejana del río crecido, con el acordeón en las manos.

  • No te acerque más, Carlos. Él se llevó a tu papá…

Sea adrenalina, un instinto de supervivencia o una mera respuesta rápida del cerebro ante la emergencia; como los caribúes en el Nilo al ser asediados por los cocodrilos de entre las aguas turbias de un río antiquísimo, cuando solo desean beber del agua que corre tan peligrosamente por las orillas. Carlos tomo una de sus botas y llenándola de agua metió al diminuto Pataló en ella al verlo resplandecer, asustado y temblando se escondió en los matorrales espesos de la selva que cubren el río de lado y lado, viendo atentamente a la criatura que acurrucada toca el acordeón y deja salir la diabólica melodía. Carlos, sintiéndose enloquecer cada vez más, mira el ojo amarillo rechinante del Pataló y le pregunta susurrándole… ¿Qué es eso? ¿Por qué se llevó a mi padre?

  • Se ha llevado a muchos. Los vuelve canción. Las lágrimas de sus víctimas son acordes. Disfruta del dolor de otros. Está pagando una condena, una maldición, solo puede hablar con el acordeón, lo demás solo lamentos son…

Fue en ese instante, donde se detuvo, donde el noctambulo recital de los perdidos termino. Carlos pudo verle en todo su esplendor, se irguió como un hombre, pero de un tamaño descomunal, desnudo y cubierto de una piel escamada, con una cola larga como la de un caimán, con la cabeza de un caimán; una silueta clara y marcada en medio de la luna llena que permitía verle sosteniendo el instrumento que dejaba entrever dos cuernos negros que lloraban lagrimas rojas, moradas y rosadas al río, uno de cada lado. Descendió de la enorme piedra y se internó en las aguas hasta quedar cubierto por ellas y perderse siguiendo la corriente, río abajo. Carlos al verlo irse, dejo en libertad nuevamente al diminuto Pataló que no dejaba de verle, como si estuviera preocupado por el niño. Se puso su bota toda mojada, se despidió temeroso del pez y corrió a su casa nuevamente, desconcertado y perdido en medio de una nublada mente llena de preguntas. Le golpeaban las ramas y las enormes hojas en su rostro sollozante, corrió como nunca; solo quería regresar a su hogar y que no solo estuviera aquel librero viejo, sino también su papá.

Doña Lidia, como buena madre, se percató absolutamente de todo, estando dormida se enteró de que Carlos salió en medio del aguacero; cogió las ropas mojadas y las escondió al llegar, sabía que la policía haría un recorrido ese mismo día y que pasaría por la casa. Interrogo a Carlos como buena madre, sabiendo que este le ocultaría la verdad por temor a preocuparle, pero eso solo la preocupaba aún más. Pues ella, como todos los vecinos de Tadó, saben que el río es peligroso, que tiene sus secretos y que de vez en cuando se pierde gente en sus aguas revoltosas. Carlos paso el examen de su madre con gran perfección, con calma y mostrando su preocupación, le aseguro una y otra vez, que solo había recorrido el río por la necesidad de buscar a su padre, que pensó que él sin necesidad de ayuda lo encontraría, que lo llevaría de nuevo a casa.

Nuevamente con lágrimas en los ojos, se abrazaron y esperaron a que el vacío de Petronio no se sintiera tanto. Jugaron madre e hijo todo el día, a hacerse la que no sabía nada y el que no sabía nada; policías desinteresados, desde la llamada de auxilio y la denuncia del perdido, daban por muerto a Petronio; fueron, bajaron al río y acordonaron el lugar, pasaron de casa en casa, preguntaron y sin mucho revuelo pegaron carteles con la foto de Petronio. El pueblo entero se preguntaba en silencio el porqué de su desaparición, pero todos sabían que era el río, esos murmullos se escuchaban en el mercado y en la plaza, cuando Lidia y Carlos fueron a buscar lo que faltaba para la cena y la media mañana.


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