Todos hablan de la persona en la que te vas a convertir después de pasar por un proceso complicado, pero pocos mencionan lo difícil que es atravesar ese proceso. Nadie habla de los días en los que, por un momento, deseas dejar de existir. Nadie menciona esos días en los que respirar se vuelve un esfuerzo monumental. Nadie discute esos días en los que la única opción parece ser fingir una sonrisa para ocultar la tormenta interna. Nadie habla de la lucha silenciosa que llevamos dentro, día tras día.
Esos momentos en los que los recuerdos nos invaden y nuestros ojos se llenan de lágrimas. Qué difícil es vivir cada uno de esos procesos, pero más difícil aún es afrontarlos y hacerlos parte de nosotros. Es un reto aceptar que es necesario pasar por cada uno de esos momentos para llegar a donde todos queremos estar después de un proceso difícil: a un estado de bienestar con lecciones aprendidas.
Sin embargo, sería más sencillo si tan solo nos permitiéramos sentir cada uno de esos sentimientos sin buscar distraernos para evitarlos. Sería más fácil si nos permitiéramos ser vulnerables, aunque solo sea por un momento. Todo sería más llevadero si reconociéramos que estar mal también es válido y que cada proceso lleva su tiempo. Aceptar la complejidad de estos momentos como parte de nuestra existencia nos permitiría encontrar la paz en medio del caos y la esperanza en medio de la oscuridad.
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