Por: Jean Carlos Arenas Parra

Y pasan los días.
Y aún espero a que llegue
ese día en que nos encontremos
y al calor de un té
o al frío de una cerveza
nuestras soledades coincidieran
y mágicamente se llenaran
de colores, de canciones, de poemas,
de historias asombrosas y otras quizás no tanto,
pero siempre con la magia
del primer instante
cuando desde la distancia
nos encontramos
y aún a los lejos compartíamos
nuestro día a día,
nuestros sueños,
nuestros amores vividos y heridos…
Entonces un dia
nos vimos recorriendo
las mismas calles grises
(las mismas que aprendí a amar
aún a lo lejos) y respirando el mismo aire.
Recuerdas?
Y aunque no siempre era posible
que nuestras miradas se cruzaran,
comenzamos a soñar con comernos el mundo,
con recorrerlo palmo a palmo.
Y tu sonrisa me abrazaba
y reconfortaba en mi soledad
en medio de la inmensa mole
de acero y cemento que ahora era mi casa,
y estabas siempre ahí,
tan presente,
tan siempre tú, siempre jovial…
Y yo ignoraba que el vuelo lúgubre
de una mariposa púrpura
te robaba de a poco la vida…
Y comenzaron a aparecer
los silencios casi eternos,
apenas soportables.
Quería disfrutar
de la calidez de tus ojos miel,
de toda la magia y la sabiduría
que se encerraban en tus palabras.
Y te volví a sentir lejana
aunque estábamos ahora
bajo el mismo cielo.
Y una mañana
(mañana en la que el tiempo se me detuvo)
una voz me decía entre lágrimas
que habías partido
en un vuelo eterno
y no habíamos tenido chance
de decirnos hasta luego…
Por la noche ahí estabas,
en un sueño eterno, silente.
De todas partes llegaron todos
para compartir una última
y triste velada contigo.
Y llegué yo,
vestido de tristeza,
para una última cita contigo
en la que las sonrisas
y las conversaciones interminables
fueron reemplazadas
por un nudo en la garganta
y tu sonrisa de ahora en adelante
viviría en unas cuantas fotografías
y escondida
en el menguante de la luna.
Esa fue la última vez
en que nuestros rostros se encontraron,
aunque tú ahora estabas
con los ojos eternamente cerrados…
No pudimos despedirnos,
no tuvimos el chance
de un último abrazo
y de aquello ya hace varios inviernos.
El cosmos sigue girando
sobre su eje,
pero cuesta demasiado aún
acostumbrarse a que ya no estés,
al agridulce trasegar de la vida
ahora sin ti,
a que tú ausencia ahora sea
la que recorra
cada rincón del mundo.
Pero eres huésped
permanente de mi recuerdo,
aún tu luz brilla en el horizonte
y aún espero
a que al calor de un té
o al frío de una cerveza
nuestras soledades
vuelvan a coincidir
y la oscuridad de repente
comience a poblarse
por siempre de estrellas.
Para Rochy. La poesía nos permitió coincidir en esta vida
y me permitirá recordarte en todas las vidas posibles.
Hasta siempre…

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