Por Stephany Cp.

Me encontraba haciendo scroll en una red social y me topé con una reflexión muy personal de un viejo amigo sobre la fe, sobre Dios. Fue muy grato leerle porque, me llevó a escribir esto:
Desde hace un poco más de un trienio, inicié un viaje de fe, siendo aún una persona curiosa y «preguntona» sobre el mundo de la espiritualidad, la fe y la religión; hoy por hoy, sigo igual, pero soy más reflexiva con respecto a lo que pienso, dudo o me cuestiono. En palabras más claras, en mi juventud temprana me consideraba atea. Fui bautizada en la religión católica, hice la primera comunión, me gradué de colegios y universidades católicas, pero nunca sentí la fe ni a Dios como los siento ahora. Debe ser la madures que nos dan las tribulaciones de la vida, esas que nos hacen caer en cuenta de tantas cosas que dábamos por sentadas. Puede sonar lógico, pero no todos tienen la virtud de caer en cuenta de esto. Muchos, por miedo aun, a pesar de las mil y un vicisitudes, prefieren vivir en el error, en el miedo y en la comodidad de lo superficial del día a día, en lugar de abrir el corazón y no sólo pedir (porque eso es fácil) sino aceptar la ayuda divina junto a su proceso.
He logrado definir este camino como un despertar de conciencia espiritual y muchas personas me preguntan cómo hago para estar tranquila en medio de tanto… asunto complejo que me presenta la vida y mi respuesta es: fe y fe en Dios. Mi definición de él y del amor se transformaron en algo que nunca dimensioné, pero, como decimos aquí en nuestra tierra: «uno aprende es a los tochazos» y pues, tome para que lleve mi querida Stephany; Y con mi «pedido» en lo más íntimo de mi «casa», descubrí el verdadero significado de Dios, la fe, la espiritualidad y el amor, y lo descubrí en personas y situaciones que me han ayudado a hacer este nuevo andar más llevadero.
También confirmé y de la manera más hermosa que los Ángeles existen y son los amigos, la familia y las personas buenas que nos acompañan, aquellas que a pesar de lo difícil que se pueda poner todo, permanecen como ancla ayudándote, acompañándote, escuchándote, aconsejándote entre muchas otras cosas. Yo siento que han estado siempre ahí, pero hasta que el corazón y el alma no están listos, uno no los ve, ni los valora y mucho menos, los aprecia. Un día, en medio de un gran desconsuelo, por fin supe reconocer y aceptar la ayuda que tanto necesitaba. Con su voz importante, esa persona llamó mi atención y en medio de su oscuridad, sin saberlo, fue mi luz. Ha sido y sigue siendo mi faro y lo sabe. Dios le dio un don en su alma, en su mente, en sus palabras y en la fuerza de su voz para rescatar almas.
Eso hacen los Ángeles, te ayudan a volver a Dios, a tener fe, a creer en sus tiempos y en el poder del proceso. Sanar mente, espíritu y corazón a través de Dios, Jesucristo y su palabra, es como cuando alguien te pone una venda en los ojos y te hace caminar hacia una sorpresa. Sientes miedo, incertidumbre, nervios, ansiedad, desconfianza, el camino se hace largo, pero también sientes emoción, regocijo y, paso a paso te vas sintiendo un poco más seguro. Puedes tropezar ¡y hasta caerte! Pero quien te lleva, a pesar de todo, nunca soltará tu mano.
Como Jesucristo en la cruz, un día dije: «Dios mío ¿por qué me has abandonado?». En ese momento, el peso de la vida me pudo y caí de rodillas ante el mundo y ante Dios. A los pocos minutos le pedí perdón, le pedí paciencia para aceptar sus planes y sabiduría para entender cuál era la lección que necesitaba aprender de lo que me pasaba. Me sentí tan mal, que necesité decírselo a mi Ángel y me dijo algo tan cierto…: “Stephany, es muy diferente creer en Dios a creerle a Dios. Necesitas fortalecer tu fe en el Señor… no dejes de orar».
Cuando empecé este despertar de fe, Dios me bendijo con la vida de mi hijo para demostrarme lo fuerte y valiente que siempre fui pero que hasta ahora reconocía. Dios es sabio y también es de sabios saber esperar. He entendido que la fe mueve montañas y la parábola del granito de mostaza ha sido el mejor ejemplo para entender mi senda, pues, aunque《… la semilla de mostaza es la más pequeña de todas las semillas, se convierte en un árbol enorme en cuyas ramas los pájaros harán sus nidos». Seguiré cuidando mi jardín de la mano de Dios para que, en lugar de perseguir las mariposas, sean ellas quienes vengan y se posen en él.

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