Por: El Parresiatés


No había pasado el éxtasis por la llegada del año 2024.
El calor afectivo de los abrazos familiares de año nuevo aún no se disipaba de su cuerpo. Cuando en las primeras de cambio, el destino le daba un mazazo de cruda realidad a nuestro compañero oficial de migración Emiliano López, su hermano mayor, de apenas 40 años, fallecía de un infarto.
En un amargo e indigerible instante, para él, se desvanecieron todas las promesas y esperanzas que individualmente nos profesamos al comenzar un año nuevo.
Ningún instante del año es propicio para afrontar la pérdida de un ser querido. Pero, percibo que esos eventos en el último o primer mes de año, así como en fechas especiales, tienen una connotación emotiva adicional y particular.
Arrancar un año nuevo es como emprender la escalada de una montaña y con el peso de un duelo a cuestas, añadido a nuestras provisiones, el ascenso, ya de por sí fatigoso, se hace más tortuoso.
Como hijo sobreviviente, ahora, además de velar por su hogar, tres pequeñas niñas menores de edad, una de ellas con condiciones de salud que requieren cuidado permanente, y su esposa, actualmente desempleada; debería hacerse cargo de sus padres y demás ascendientes. Responsabilidades para afrontar, prácticamente solo.
Emiliano López hace parte de los compañeros que, desafortunadamente, resultaron agraviados por la irresponsabilidad e inoperancia de la Comisión Nacional del Servicio Civil y la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, que le quedó grande llevar a feliz término el concurso de méritos 2020-2 dentro de los términos pactados.
Excluido del concurso de méritos, sabía que arrancaba el año 2024 con los días laboralmente contados y esa incertidumbre, como a todos, le generaba angustia.
Emiliano López, en su momento, hizo parte del cuerpo de oficiales de migración que heroica y patrióticamente custodiaron los pasos fronterizos en Cúcuta, en el Puente Simón Bolívar, para ser más exactos, cuando en el puente no existían ni carpas para contra restar los efectos del inclemente sol y mucho menos vallas blindadas detrás de las cuales protegerse durante las no excepcionales balaceras entre los grupos al margen de la ley que se disputaban a ultranza el dominio territorial.
Entre el caos, la tumoltuosidad y las balas, la soberanía y el orden se garantizaba y encarnaba en la humanidad de estos compañeros, algunas veces avasallados y hasta hurtadas sus pertenencias durante la contención del tsunami humano venezolano.
Tratando de despejar su mente y existencia de tales penas y panoramas poco prometedores, a modo de terapia, no renunció a un plan vacacional a México que previamente había adquirido, esperaba en Cancún recuperar algo de su energía vital y renovar sus ganas de seguir viviendo.
Fue así como a mediados de febrero decidió solicitar 32 días de tiempo compensatorio que tenía cosechados. Nuestro atormentado compañero y hermano partía entonces un 26 de febrero y preveía volver un 13 de abril. Sin saber que, según las leyes de Murphy toda mala situación es susceptible de empeorar. Y que lo que le pasaba, hasta ahora, era un simple abrebocas de las desgracias que el azar le tenía orquestado.
Después de su retiro existencial de cuatro días en Cancún, el 8 de marzo se disponía a regresar. Camino al aeropuerto, al vehículo que lo transportaba se le atravesó en forma brusca una camioneta, cerrándoles el paso. Cuatro tipos fuertemente armados con fusiles AK 47, hicieron bajar a los contados turistas entre los que se encontraba él, y a punta de chingonazos, culatazos y putazos los hicieron abordar la otra camioneta. Les taparon la cabeza con unos trapos y se los llevaron con rumbo desconocido. Fueron las primeras 30 horas de terror en un vehículo que se desplazaba a toda madre.
El compañero Emiliano hacía un repaso desesperado de su vida arribando a conclusiones apremiantes. ¿Qué sería de sus angelitos?
Sus hijas, tan pequeñas tener que afrontar la vida sin el soporte de su padre, no poder verlas crecer, no poder saber más de ellas, tener que irse de este plano terrenal sin poder despedirse, sin poderles prodigar un último abrazo, un sentido beso, lanzarles una última mirada consciente, aferrándose a la esperanza que se le quedasen grabados sus rostros hasta la eternidad.
Emiliano sentía que se ahogaba entre las lágrimas y la taquicardia. ¿Sintió temor? ¡Claro que sintió pánico! Pero el terror que sintió al principio dio paso a la desolación. La tristeza infinita que asedia y embarga a quienes atisban convencidos, el inminente final de su paso por este planeta.
Y mi cuerpo ¿Dónde yacerá? ¿Lo encontrarán alguna vez?
Los pensamientos atropellados y sin freno, anárquicos, combatían dentro de su mente por prevalecer; mientras los golpes en su cabeza y cara no le causaban dolor. Se encontraba con la adrenalina a mil, anestesiado, en shock.
Ya le habían sacado los 1200 dólares que le restaban.
A putazos y chingonazos le advertían que eso era insuficiente para dejarlo seguir viviendo.
Llegaron a una construcción semiderruida y abandonada en la mitad del desierto, en la nada. Allí tenían más personas secuestradas. El lugar hedía a putrefacción. Era notable que allí se mataba gente. En algún rincón, de soslayo, pudo divisar tres cuerpos, de dos hombres y una mujer, como marionetas caídas. Por sus posiciones y rigidez supo que eran cadáveres. Visión espeluznante que haría a cualquiera, desear una muerte instantánea.
El mensaje de estos seres desalmados, inhumanos, era claro, debía llamar a sus familiares y pedirles 20.000 dólares, sino lo iban a chingar.
Estos, especialistas en el terror sopesaron las súplicas y razonamientos de sus víctimas y concluyeron que les decía la verdad, cuando manifestaba que la capacidad económica de sus familiares en Colombia no les daba para tanto. Finalmente se tranzaron aceptando 5.000 o 3.000 mil dólares…Sin garantías que una vez recibieran el giro lo dejarán vivir. Porque estos psicópatas, en no pocas ocasiones una vez exprimen a sus víctimas, los venden a otras bandas, los esclavizan, los mandan de mulas o venden sus órganos.
Fueron aproximadamente tres días en esa cloaca espeluznante, ante la que el mismo infierno podía palidecer.
Emiliano, traumado, perdió la noción del tiempo.
Cuando quienes se identificaron, durante el tiempo de tortura, como del cartel de Jalisco Nueva Generación, lo sacaron de esa tumba colectiva y lo hicieron abordar un vehículo a Emiliano le costaba creer que era para liberarlo. “Ya no les sirvo para más, me pueden matar, que les importa.” Pensó.
Como fuera, a esas alturas ya Emiliano le había rendido cuentas a su dios y a él, que se la dio, le encomendó su vida para que dispusiera y encarecidamente le imploró por una buena vida para quienes le sobrevivían, especialmente sus nenas, sus angelitos terrenales, porque él ya había padecido la cuota de dolor, terror y sufrimiento, suficientes, para absolver a sus pequeñas. En esto pensaba Emiliano cuando sintió que ya sin capucha se iba de bruces contra el suelo. La luz del sol lo cegó momentáneamente porque sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad pre mortem, esa que antecede a la oscuridad definitiva.
Tenía sed, tenía hambre, estaba en unas condiciones deplorables, pero había renacido, sintió felicidad, el creador le permitía seguir viviendo. Y ¿Ahora para dónde cojo? Se preguntó embotado y aletargado.
Por lo que había escuchado durante su cautiverio, intuía donde lo habían dejado tirado…divisaba un río.
“Este debe ser el río Piedras Negras, lo cruzo y estoy en Texas, Estados Unidos. Prefiero pasar y entregarme a las autoridades estadounidenses. En estos malparidos mexicanos no confío más. Me entrego al ICE, peor no me puede ir.”
Desde el 12 de marzo hasta el 13 de mayo Emiliano quedó en manos de las autoridades norte americanas, tiempo durante el cual fue tratado, prácticamente, como un delincuente común, encerrado en varios centros de detención y esposado de pies y manos durante los desplazamientos.

El 19 de marzo fue llevado ante un juez de Texas que le iba a practicar una entrevista sumaria de “miedo creíble” con el fin de determinar si era viable que aplicara para una solicitud de refugio. No era la intención inicial de su viaje, pero después de la odisea que pasó y como decimos en Colombia “ya entrado en gastos…”
El 26 de marzo le comunican que la decisión de juez fue negativa, que puede apelar dicha decisión por medio de abogado o si deseaba ser deportado, porque mientras se surte la apelación el seguiría privado de la libertad y esa decisión, yéndole bien, puede demorar en esa instancia mínimo 4 meses…
El día 13 de mayo Emiliano regresa al país en un vuelo de deportados de Estados Unidos.
Nuestro compañero y hermano, desdichado e infeliz funcionario público, de baja estofa, como la mayoría de nosotros, no tuvo la dignidad de ser recibido por el director nacional de Migración Colombia, ni siquiera por el director de la Regional El Dorado, para preguntarle como se sentía. Como si fueron recibidos con alfombra roja delincuentes o asesinos de grandes ligas como Ayda Merlano y Salvatore Mancuso.
Estos directivos, rebosantes de orgullo, les ponían a estas Rockstars el chaleco de migración Colombia y hacían fila para tomarse la selfie con ellos y tocarlos con la misma devoción que se le profesa al papa y todos los santos.
Vemos como este país de valores invertidos, gobierne quien gobierne, es un caso perdido.
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