EL VIENTO ME LLAMA: Cap. VI – EL VIENTO

Por: S.C. Ruiz

Escucho esa voz, que sabe es de su madre, levantando la mirada con lagrimas en sus ojos; los vio de nuevo, que le besaban la frente y le abrazaban. Se hicieron luz entonces y le tumbaron. Se fue de espaldas el joven Martin el Aventurero y se fue entre aguas de una cascada infinita, volando entre guacamayas y loritos verdes, cantaban y cantaban, aparecieron azulejos y mirlas, azucareros y bienteveos, garzas y alcaravanes; todos entre las aguas y entre el cielo, coloreando el inmenso resplandor del agua que en la luz se hacia en miles de estrellas en un día que es noche, recordándolos. Como bailaban en las navidades al son de la cumbia, del vallenato, del porro y del sanjuanero. Si era la piragua o si era Carmen de Bolívar, si era Alicia Adorada o el Pollo Vallenato, los buñuelos o la natilla, la lechona o el sancocho; todos fueron siendo entre las plumas y el revuelo de las aves, las sonrisas y los descontentos, los regaños y los consuelos, las celebraciones y las lágrimas, las tardes de paseo y las mañanas de trabajo, las visitas a los abuelos y el conocer el ajetreo del mercado; todas brillaban por igual como un sol, aquel sol que todos quieren ver luego de una eterna lluvia.

Entonces luego de la inmensa caída, que le arrullaba como canción de cuna, Martin el Aventurero se decidió a ensoñarse con su duelo, para que no fuera dolor y transformar el color de su recuerdo. Entonces el agua le cubrió y pudo despertar como nuevo, a las orillas de la laguna se encontraba de nuevo, sorprendido y un tanto confundido; pero no sintió temor o miedo alguno, se asombro ciertamente de estar en el mismo lugar en el que comenzó todo, regreso. Y ahí estaba, maullando como de costumbre y a su manera el Yaguarundi a los pies del hombre barbudo, que le saludaba con una paz inconfundible y que se transmitía, le volvió a ofrecer café o aguapanela, le ofreció nuevamente cambiarse la ropa o una ruana para el frio. Cuando se percato correctamente de su entorno entonces vio a sus pies que estaba una caja, la abrió y en ella vio a sus padres de nuevo. Acepto el tinto y la ruana, acaricio al peludo Yaguarundi resplandeciente y vio en lo alto la silueta del Rey de los Andes, entre los matorrales se asomo una danta no muy lejos, como saludando a su vez se despidió y se perdió nuevamente en la espesura.

  • Los caminos son realmente inciertos cuando se están descubriendo, pues aun cuando se quiere llegar, no sabemos por donde tendremos que pasar; lo importante no es solo el llegar entonces, es el saber caminar, es aprender de cada paso que se da. No siempre pisar firme significa estar de pie, en especial si el camino es lodo o arena movediza, mucho menos si el camino se hace agua y no sabemos nadar. Todo es muy confuso en un principio, pero luego nos hacemos aventureros de experiencia, nos enfrentamos a cualquier camino y sus adversidades, sobrepasamos los obstáculos como un gran conquistador. Es ser hombre, es ser humano; el querer luchar por amar. Pero también es de hombres el errar el enfrentarse a un reflejo imperfecto y un tanto magullado, el ser en la naturaleza de lo que falta por descubrir y en lo que se tiene para andar.
  • Nunca pensé que todo esto sería, que esto me pasaría; jamás pensé que la necesidad de verlos de nuevo, sería tan doloroso. Es extraño lo mucho que se extraña, la necesidad de revivir, de resentir; querer pasar nuevos días con ellos, querer contarles de mi día, de la escuela, de los abuelos, de todo; pero que sea con ellos, así como escurren mis lagrimas por tristeza, que salgan con fuerza siendo de felicidad.
  • Es aun mas extraño ello, que una lagrima cargue tanto sentimiento, que una gota tan pura que nace en el alma, contenga todo ese atado de vivencias. Como si supiera que debe salir por necesidad de limpiar, de sosegar el corazón que se ahoga en tanto sentir, en todo aquello que se crea adentro que no puede explicar de golpe, pero que necesita salir. Tanto sentir que nos hace humanos, que se ha dejado de lado. Ahora es cuando se sabe, que la aventura no terminara jamás, pues es todo lo que dura, aquel árbol que se deshojara una y otra vez, para seguir floreciendo y creciendo, hasta el sol alcanzar, entre la tempestad y los derrumbes, entre los malos vientos y el golpe de las plagas. Tu serás un gran árbol, pues eres una semilla sin igual, ya lo veras.
  • Ahora que los tengo en mis manos, al menos de esta manera, siento que todo es mas ligero; que he pasado por un momento que en verdad me hacia sentir inmensamente triste, no poder recordarlos, ni verlos en mis sueños. Solo tener una turbulencia incontenible adentro.
  • Ya es tarde Martin, te esperan, tienes que volver, que pronto se hará de noche; tienes que llegar a casa temprano o los viejos se van a preocupar mucho. Ya deben de estar preocupados, toma tus cosas y corre. No tardes más en volver.

El Yaguarundi corrió como siempre, llamando a Martin el Aventurero; quien sin perder nada, agarro su cajita con mucho cuidado, le devolvió el poncho a su dueño y se dispuso a darse al regreso. Sin premura mas que la de no preocupar a sus viejos, que como siempre, están acostumbrados a que llegue temprano luego del colegio y máximo anocheciendo, que es cuando sale los viernes a jugar al futbol en el parque; que, para lo sumo, según el pobre Martin el Aventurero, ya debían de estar preocupados pues se había demorado mucho tiempo, no solo minutos u horas, sino días, semanas, meses o incluso años. Pero algo en su corazón le decía que lo entenderían, que sabrían no solo entenderle y comprenderle, sino sentirle en su necesidad de aventurarse entre marismas de olvido y recuerdos desteñidos. Pues como él, ellos también habían perdido a aquellos que amaban con todo su corazón, aquellos quienes los hicieron padres y más tarde abuelos.

Corrió nuevamente, lleno de felicidad, sabiendo que era recordar; sabiendo que su necesidad de hilar sus recuerdos fue una tribulación, pero también un suspiro. Un postergado sueño que se cumplió, como el deber cumplido de una tarea que es única y no se puede dejar, pero si postergar; pero que es mejor enfrentar el miedo que entre las tinieblas del olvido se encuentra, cargado de odio por el dolor de un sufrimiento hijo del haber sido arrebatado todo de sí. Corrió tan rápido como pudo detrás del Yaguarundi y tras de él sintió el rugir del Oso de Anteojos que se despedía, como las grandes piedras talladas se volvía a llenar de luz, de aquel ultimo rayo de sol paramero que llegaba cargado de neblina. Rompió entre las ramas y las hojas, entre los grandes tallos y las rocas, entre los musgos y las flores; llenándose el rostro de gotas de rocío y del olor de la espesura, corriendo tras las patas de un felino atrevido y misterioso. Al salir la luz le dio en el rostro y se vio de nuevo en el mismo camino, frente a su hogar, viendo las luces encendidas; cargando en sus manos la cajita llena de recuerdos.

  • Perdón nonita, perdón nonito. No quise preocuparlos, se que me demoré mucho en volver a casa; pero tenia algo muy importante que hacer. Tenia que verlos, tenia que decirles lo mucho que los amo, que los extraño; yo quería abrazar a mi mamita, quería abrazar a mi taita. No quería olvidarlos, por eso fui a recordarlos, ahora los traigo aquí conmigo.
  • Mi niño amado.
  • Martin, estábamos muertos del susto.
  • Lo se nonitos, pero miren; ellos volvieron, están acá con nosotros. No se irán nunca, porque nunca se han ido

Abrió la caja, en su interior habían una fotografía a blanco y negro de Rosa y Rodrigo con el pequeño Martin en brazos, unos zapaticos de bebe tejidos, un caballo tallado en madera y unas pequeñas rocas circulares cada una con un rostro; una danta, un cóndor, un oso de anteojos y un yaguarundi


Sobre el Autor:

Deja un comentario

Busca Columnas por Autor

Deja un comentario