Por: El Parresiastés


No sé si les pasa lo mismo. Cuando escucho el término “coronel”, irremisiblemente, lo primero que evoca mi memoria es “El coronel no tiene quién le escriba” de Gabriel García Márquez.
La coronel de esta columna en una época de su vida, -al igual que el personaje literario macondiano-, sino lo hizo, muy seguramente estuvo cerca de hacerlo: cocinar piedras.
Apenas despuntaba su carrera cuando por el simplemente hecho de existir, de ser, de vivir conforme a su forma de pensar y sentir, imperativos categóricos para ella desde muy joven; resultaron incomodos para la dogmática inveterada y recalcitrante de la institución a la que decidió consagrar su vida: La Policía Nacional de Colombia.
Motivada por su vocación de servicio y experiencias personales, con convicción invencible, decidió entregar su vida a esa fuerza pública.
Desde la institucionalidad y muy temprano, intentaron quebrar sus alas y frustrar sus anhelos. No había superado el grado de teniente cuando ya la habían destituido a través de falsas denuncias y amañados procesos administrativos y judiciales.
Fueron casi doce años en los que Sandra Yaneth Mora Morales sobrevivió a su odisea. Vivió momentos tan agónicos y fulminantes que la adversidad en más de una ocasión le guiñaba el ojo invitándola a prescindir de su vida.
El peso de la existencia agravado por los reveses procesales, la indolencia y paquidermia del sistema que debe dispensar justicia, le resultaron insoportablemente abrumadores. Como a Antoine Roquentin, en “La Náusea” de Jean Paul Sartre, percibió como la existencia del todo se abalanzaba sobre ella haciéndola sentir insignificante.
Tentada estuvo de acceder a la salida definitiva hacia la eternidad, invitación que se le presentó en tres ocasiones.
Así como la calidad de los materiales de los que está hecho un barco se prueban en plena tempestad, así sería sometida a prueba el alma y carácter de la coronel, no sólo durante esos aciagos años apartada de su institución amada, sino también durante todo el tiempo desde su reintegro.
Como sea, la quisieron enterrar profundamente en vida, pero ella como una semilla, germinó, creció y floreció. Consciente de que la vida debe continuar, en los casi doce años que estuvo fuera de la fuerza pública, se fortaleció estudiando y sacando adelante una carrera universitaria de administración de empresas y para cumplirle a su innata vocación de servicio creó una fundación para apoyar emprendedores. Convirtió, lo que para cualquier persona sería un problema insalvable, en un ramillete de oportunidades.
A regañadientes y por orden judicial tuvieron que devolverle sus grados y honores.

Su paso por la ciudad de Cúcuta como comandante de la policía metropolitana, en tiempo se puede antojar fugaz, pero fue tan consagrada y efectiva su labor que dejó grabada una huella indeleble, granjeándose el afecto de la ciudadanía que inclusive le implora que, a futuro, considere una posible aspiración a la alcaldía de esta ciudad.
A pesar de tener el apoyo y afecto del pueblo, no contaba con el mismo aprecio de quienes tienen la última palabra. Algunos políticos y gobernantes que llevaron reiterados e ingentes esfuerzos para sacarla de esta jurisdicción, consiguiéndolo. Se salieron con la suya. Como resultado de este “falso positivo” político, la ciudad de Cúcuta, como ciudad Gótica, desde la partida de la coronel, de la noche a la mañana, volvió a ser ganada por el hampa.
Desde el gobierno central, específicamente desde el Ministerio de Defensa, la dejaron huérfana, colgada de la brocha, en visto.
El trato que recibió la coronel, me hace recordar como fue tratada la doncella de Orleans, mejor conocida como Juana de Arco. Mujeres que entregaron todo su ser con una fe y convicción inquebrantables, llenando de gloria a quienes con vocación servían. Los mismos que finalmente las traicionaron y vendieron.

Ver a la coronel, en su momento, dirigirse a los jóvenes capturados por torcer su camino, no como un verdugo, sino aconsejándolos como una madre, invitándolos a reflexionar sobre su vida y su futuro, además de ser una visión conmovedora y esperanzadora, era como revivir la lectura de “Los Miserables” de Victor Hugo, cuando arrancando no más, se nos presenta a Monseñor Carlos Francisco Bienvenido Myriel, quien prodigaba esa fe inconmensurable en la humanidad.
Cuando Jean Valjean es capturado con unos candelabros y cubiertos de plata que robó abusando de su hospitalidad, llevado ante su presencia este manifiesta que se los había obsequiado. Este proceder resultó desconcertante para Jean Valjean, que nunca había sido tratado con dignidad. Ese gesto de perdón y fe, fue determinante en el cambio del protagonista.
Como M. Myriel, la coronel sabía aconsejar y tranquilizar al hombre desesperado, y podía transformar el dolor que mira a una fosa enseñando el dolor que mira a una estrella.
Gratificante fue enterarnos en la entrevista concedida a la Chuzma Editorial que podremos contar son su magnificencia y sabiduría desde otros espacios como la academia, en su liderazgo y promoción de los derechos humanos, próximamente como escritora y posiblemente en temas de representación popular, que no gusta a muchos, pero es donde hay que estar para refrescar las ideas y generar los cambios.
Querida coronel:
“Que los vientos te empujen siempre hacia delante y el sol te dé en la cara. Y los vientos del destino te hagan volar para, así, poder bailar con las estrellas.”
Postdata: Recuerda que tienes una invitación vigente y perenne para el Club de Lectura Leer +
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