Por: Marcela Espinosa

A lo largo de nuestra vida, las mujeres estamos encarceladas en celdas que, en vez de barrotes de hierro, tienen barrotes de palabras, de expectativas, de juicio.
Esto se debe a que crezcamos en una sociedad moralmente hipócrita en la que se habla de igualdad, pero que nos forma de maneras diferentes. Pondré dos ejemplos básicos.

Primer ejemplo:
Si un varón de 2 años está sin pañal corriendo libremente por la casa, “viringo”, como dirían las tías, no se escucha ni un solo comentario negativo.
En el escenario en que está una niña de 2 años la que corre por la casa desnuda, dando brincos de aquí para allá, el cuchicheo de las tías es notorio, el grito de la mamá con expresiones como «¿No le da pena?» o en un caso un poco más extremo «me salió alebrestada la china». Misma situación, reacción diferente.
Segundo ejemplo:
El niño de 8 años dice que quiere jugar fútbol y el papá hincha el pecho de orgullo, y se dispone a dotar a su futuro Lionel Messi con guayos, licras deportivas, medias, uniformes, etc.
Misma situación: la niña dice que quiere jugar fútbol. Expresiones como «salió lesbiana», «machorra», «yo no sé qué le pasa a esta niña», y gestos que dejan ver que las palabras expresadas por dichos familiares son ciertas.
Después, entramos en la etapa conflictiva de la preadolescencia donde todo se duele y todo nos crea un conflicto, desde nuestro olor hasta el sentir que no tenemos el control en lo más mínimo. Y cuando nos estamos recuperando de ese golpe que nos ha dejado inestables, nos golpea la adolescencia con la menstruación, el enamoramiento, el querer ser aceptadas, la exigencia neta de tener que ser socialmente populares y unas sabelotodo, mientras que los hombres atraviesan dichas etapas con una naturalidad envidiable.
El mismo prejuicio social nos lleva a esconder nuestro dolor de una manera casi inefable: inseguridades, comentarios, malas experiencias amorosas, etc. Y ni hablar de la etapa de adultas, donde a nivel profesional siempre te vas a encontrar en una carrera insoportable, casi interminable, con los hombres. Un mundo mucho más desagradable nos abre las puertas: conocemos el acoso sexual, el laboral, las pésimas condiciones de trabajo que para las mujeres se vuelven un poco más exhaustivas, entre el verse bien para tratar con los clientes, el ser amable y tolerante con Los ridículos comentarios poco graciosos de los jefes, entre dividir el tiempo y correr en las 2 escasas horas de descanso para llegar a casa, completar el almuerzo, servirle a los nenes que llegan del colegio, dejar adelantada la cena, ayudar rápidamente a los chicos. con la tarea, cepillarse los dientes, pintarse la boca y volver a la oficina punto en blanco 15 minutos antes del horario de entrada.
Los hombres, salen a su hora, llegan a casa, almuerzan, duermen 1 hora y 45 minutos, se levantan, se cepillan los dientes, se inundan de perfume y llegan 10 minutos tarde a la oficina, sonrientes y contando cualquier historia que consideren creíble para excusar su demora.
Pero el panorama no siempre es así… no se preocupen, puede volverse peor.
Las mujeres que se han vuelto cronopios a nivel social, es decir, las que se han salido del margen de la exigencia social y que han decidido con uñas y dientes no permitir que se les encarcele. ¿Sabéis cuál es el nombre? Sí, las solteronas, las que no desean tener hijos, las que les gusta la rumba, los viajes, las que no cocinan, las que se rapan el cabello o se lo tiñen de otro color, las que eligieron una carrera en la que la oficina sea cualquier espacio que les genere tranquilidad, sí, los artistas.
Aquellos que la sociedad hace ver como hippies, libertinas, diabólicas, incomprendidas.
Expresiones que parten de bocas de familiares, como un viaje en tren sin rumbo, salen desmedidas, envolviéndonos y buscando generar angustia al pensar en la vejez.
Sin hijos, morirás sola… ¿y es que acaso nos vamos en grupo en el cajón?
Los hijos son la alegría del hogar… ¿o sea que los usamos como payasos de circo?
Si no tienes hijos, ¿quién te cuidará en tu vejez? Entiendo entonces que los hijos son el comodín que formamos para que nos devuelvan el favor cuando las arrugas sean nuestro diario vivir.
He escuchado miles de comentarios, de expresiones con una falta de gusto y de tacto terribles, opiniones desde mi sexualidad hasta mi decisión actual de no traer un bebé a este mundo antes de ciertos requerimientos o exigencias a nivel personal que he ido desarrollando y en las cuales trabajo.
Tener la capacidad de callar de una vez, todo este tipo de comentarios sin importar quién venga, es una forma pura de hacer catarsis. Nuestras prisiones pueden causarnos heridas tan profundas ya a veces dañar nuestros pensamientos diarios al punto de volvernos agresivos y estar en un constante estado de defensa.
La catarsis es una experiencia purificadora de las emociones humanas. La palabra proviene del griego κάθαρσις (kátharsis), que significa ‘purga’, ‘purificación’.
En palabras un poco menos técnicas, sacar la basura de la que nos dejamos llenar, sacar las exigencias no propias que se han ido colando por nuestras grietas emocionales. Salir de la celda pero antes dejarla limpia, quitar los barrotes para que otras mujeres de nuestro entorno no sean encarceladas allí.
Ojo, tampoco estoy diciendo que los hombres no desempeñan un papel de suma importancia en nuestras vidas, claro que sí, tienen uno muy importante, pero no es el tema aquí.
Mujeres, diariamente deberíamos hacer catarsis, diariamente deberíamos permitirnos fallar, equivocarnos y volverlo a intentar. Tenemos suficientes exigencias de la sociedad, no nos encadenemos con cerrojos ni seamos carceleras de nuestra vida y sueños. Vivan, vivan bien, viajen, amen, sueñen y jamás, jamás centren su vida en expectativas ajenas.

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