HISTORIA DE UN AMOR ENVEJECIDO

Por: Hazzam Gallego

Nunca es tarde para encontrar a la persona correcta. El tiempo y la vejez no son excusas para dejar de creer en el amor, en ese sentimiento tan puro y tan leal que va más allá de lo físico, que supera lo tangible y solo se percibe en los ojos de quien lo siente y en el alma de quien lo vive.

Esta historia te demostrará que el amor llega incluso cuando esperas la visita de la muerte, cuando crees que estás vencida y que la soledad es inminente. Doña Gloria, una viejecita de 87 años de origen campesino a quien la vida le ha jugado una mala pasada, espera el final de su existencia en un asilo a donde fue trasladada al ser desalojada de su casa por una deuda con un banco. Fue sacada a la fuerza de su hogar y arrojada a la calle con sus pertenencias, todo por intentar ayudar a su hijo, quien, por deber dinero a unas personas malvadas y por salvaguardar su vida, solicitó un préstamo poniendo la casa como garantía.

Después de obtener el préstamo y de darle el dinero a su hijo, él desapareció misteriosamente. Se rumora que su hijo fue asesinado por aquellas personas malvadas, quienes le arrebataron el dinero y su existencia; dejando a la pobre Doña Gloria sin la persona que le ayudaría a salir adelante y a sustentar las cuotas altas del crédito bancario. Un día llegaron unos policías con una orden judicial para desalojarla porque su casa había sido rematada por el banco. Llorando y suplicando, la pobre viejecita pedía comprensión y colaboración de los policías, pero ellos, con el corazón arrugado, debían obedecer, y fue sacada de su hogar de más de 46 años.

Al verla llorando, triste, desesperada y con sus cosas en la calle, los vecinos de Gloria hicieron una recolecta y, con ello, contactaron un ancianato donde fue enviada y donde desde entonces habita.

A pesar de que pasaban los días, Doña Gloria seguía incrédula de verse en ese lugar lleno de abandono y tristeza. Sumida en nostalgia y depresión, poco a poco fue entendiendo que ese sería su destino final. Su rutina consistía en rezar y hablar con otras compañeras de sus historias y, a veces, escuchaban música en una vieja radio que les regalaron unos estudiantes que las visitaban una vez al año; les llevaban obsequios, medicamentos y les hacían un poco de compañía.

Un día, mientras escuchaban música, observó que estaban entrando a un anciano al asilo. Se le notaba decaído, cabizbajo y con mucha tristeza; sus hijos lo sacaron de la casa y lo llevaron a ese sitio con la excusa de no poder mantenerlo, ni soportarlo, ni mucho menos cuidarlo. Su nombre era Alcides.

Ella lo observaba fijamente, se reflejó en él y se acordó de lo que sentía cuando llegó al ancianato. Quedó impactada con ese frágil caballero. Cuando menos lo esperaba, el señor levantó su mirada y se cruzaron en una observación profunda. Sus ojos se conectaron de una forma tan inexplicable que se refugiaron sus mentes tristes, sus almas se desnudaron y sus cuerpos se estremecieron. ¡Fue amor a primera vista!

El rostro de aquel hombre cambió de expresión y una sonrisa tímida surgió. Mientras tanto, ella se reía como cuando tenía 15 años y recordaba sus momentos de juventud radiante y llena de vida.

Sin conocerse empezaron a conversar. Ella vio en él a ese hombre que siempre quiso tener a su lado: elegante, caballeroso, carismático, romántico. Le gustaban los poemas y los boleros. Le enviaba cartas de amor por medio de los cuidadores que les servían de cómplices, aunque solo estuvieran separados por una habitación.

Con el paso del tiempo, la relación se consolidó y, un día, mientras juntos escuchaban la radio y con ayuda de las enfermeras, cuidadoras y monjitas, decidió proponerle matrimonio.

Se casaron entre ancianos enfermos, tristes y melancólicos, en un sitio no diseñado para el amor sino para la muerte. Todos vestían elegantes, les llevaron serenata. Mientras tanto, Alcides y Gloria parecían dos adolescentes enamorados, demostrándose cariño y compartiendo con alegría su matrimonio.

Compartieron juntos el tiempo que les quedaba de vida, olvidaron las razones por las que llegaron a ese centro geriátrico y vivieron juntos acompañados hasta que un día Doña Gloria falleció de un ataque cardiaco. Pero tanto era el amor que se tenían que un día después falleció su querido esposo.

Antes de morir, Alcides dejó una carta diciendo: “La única razón que me mantenía vivo es el amor que siento por mi amada Gloria. El amor le gana a la muerte y es la solución a cualquier problema. Yo había perdido la esperanza de vivir, estaba destinado a morir en soledad y tristeza, pero el amor me rescató y me enseñó a disfrutar cada minuto, cada hora, cada día, cada semana que Dios me permitió disfrutar con mi esposa”.

Doña Gloria y Don Alcides fueron enterrados juntos y demostraron que para el amor no se tiene edad, que podemos estar rodeados de desconsuelo y melancolía, pero nosotros mismos decidimos si queremos vivir así o no.

“El amor no acaba cuando llega la vejez, la vejez llega cuando acaba el amor.” – Hazzam Gallego

Historia inspirada en una pareja de adultos mayores que se conocieron en un ancianato en Bogotá, se casaron y estuvieron juntos hasta el final de sus días.

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