PÁLIDOS OJOS EN LA PARED

Por:  E. Rivera

A pesar de haber crecido totalmente solo, a excepción de las abuelas del orfanato, Luke no se sentía tan mal con su vida. Obtuvo poco, gracias a su esfuerzo, pero lo tuvo. Huyo de ese orfanato, consiguió refugio en la agradable pero silenciosa casa de una abuela. Tenia gatos y con ellos, sus tardes con el pasar de los años, se hicieron más amenas.

Aquella señora de canas pronunciadas y de melosa voz le dejo su casa y sus gatos cuando su momento de partir llego, así que aprovechando tener un techo donde vivir, hizo lo posible en conseguir un empleo y poco a poco llenar vacíos en su vida. Y fue feliz, la vida le sonreía luego de tanto.

Cada día de su nueva vida, era un desafío diferente. Se morían las plantas del patio, se caía algún guijarro del destartalado techo, las tablas de su cama se partían con cada día que pasaba, los gatos escondían sus medias o meaban su cama. Pero para él, solo eran estupideces del diario vivir.

Tenía trabajo en una linda biblioteca a seis cuadras de su casa y estaba ahorrando para iniciar a estudiar, cocina, su mas grande sueño. De lo poco que recuerda, su madre era buena cocinando y le enseño, que por mal que estuviera su día, un buen plato de comida curaría el dolor del día.

Con el tiempo se acostumbro a su gran y silenciosa casa, a las apariciones para nada esperadas de los gatos en los lugares mas raros, al renacer de nuevas plantas en las viejas pero hermosas macetas y a la infinidad de cuadros de la enorme casa.

Todo debería ir bien, ya su dolor estaba pasando a pesar del gran vacío para nada estacionario. Para su mala suerte, la soledad le comía, las sabanas se le enfriaban y la nuca se le erizaba. Tendía a llegar bien entrada la noche luego de su agitada jornada “laboral”. Llegaba dejando las bolsas y su mochila en las rusticas sillas del comedor, comenzaba a repartir la cena a los tiernos gatitos, traía las bolsas y guardaba las compras, elegia que comer y preparaba su ansiada cena.

Y comía, en el enorme comedor de 12 puestos, que daba en frente de un desolado patio. Que, considerando las plantas como seres vivos, le era aún más tétrico. Cucharada a cucharada, sentía que la garganta se le secaba, el ruido de los gatos y el de su cucharear en el plato le ensordecían, sentía que algo le miraba.

Nadie mas que el estaba ahí. Aparte de los tontos gatos. Todo estaba bien, el cansancio y el sonido del día le persiguió quizás los oídos hasta la casa y todavía creía escucharlos, si, solo era el cansancio.

Acabando el día, se acomodo en la cama, respirando pausadamente sintiendo el peso de los gordos gatos en las suaves cobijas, sus cansados pies apoderándose del calor agradable de la parte inferior de la cama. Ronroneos, amasa de patitas gatunas y unos cálidos brazos sobre su cabeza.

¿brazos? Si el estaba solo. Sobresaltado se levanto de la cama, sintiéndose ahogado, tratando de respirar, definitivamente algún mal sueño dejo seca su garganta. Avanzando, pensando que normalmente nunca recuerda que tiene sueños menos pesadillas, si su cuerpo solo se acostumbró a las frías noches en aquellos indeseados recuerdos de su juventud.

Bajo hasta la cocina y se sirvió agua. Debatiendo si subir o quedarse, deambulo de la cocina a la sala junto al comedor, bebiendo del frio vaso. Las mañanas eran mas congelantes cuando no vestía correctos pijamas.

¿Pero era eso un cuadro?  Se quedo estático con el vaso en la mano. Frente a el se hallaba un enorme y exagerado cuadro. Igual de exaltado que él, se veían los quietos ojos del hombre en el retrato. Cabello negro y largo, piel blanca y unos impactantes ojos verdes se veían perfectamente en el viejo cuadro. Miro y miro, hasta que el vello en su nuca se erizo, ¿desde cuándo los ojos en las obras se movían? ¿Por qué las manos se llenaban de sangre? El cuadro estaba riendo.

Se le escapo el alma y del susto tiro el vaso. Resonó en un tictac y cuando decidido girar para escapar, el hermoso y mutilado hombre enfrente suyo le sonrió y con un horrible grito se le lanzo.

Le agarraron las manos y despertó. Frenético se sentó en la cama, tomándose el pecho, sintiendo las arritmias comerlo, los gatos se encontraban igual o mas asustados que ellos, con las pupilas dilatadas y todos sus gordos cuerpos crispados. Así que fue un mal sueño.

Miro a su alrededor y la vista cálida le saludaba, por las ventanas entraba una amarilla luz, ya era de día. Se acabo su descanso. A comenzar un día más.

Siguió su monótono día, salió de su hogar y trabajo, regreso y ceno. Se preparo para dormir y junto a los gatos, casi lo logra. Hasta que se escucharon lejanos gritos e igual de asustado que los crispados gatos, se levantó envalentonado, creyendo que sus pesadillas se lograrían colar a su realidad.

Se puso los zapatos y creyendo que debía perseguir los alejados gritos que se marchaban. Se impulso por el cansancio y camino hacia la puerta, abriendo las pesadas puertas del cuarto y el cuerpo mutilado de un hombre fue quien le saludo.

– Bien dicen que la curiosidad mata a los gatos.

Lo ultimo que se supo de aquel hombre que recientemente había adquirido la propiedad, era que había perdido la cabeza. Cada noche se le oía gritar, los gatos no dejaban de maullar. Cuando fueron a buscarle no encontraron más que a los despreocupados gatos. Y a un enorme y feo cuadro pintado en la pared. Cuadro de ojos pálidos que quedaron en aquella desolada, vacía, enorme y tétrica casa que solo podían ver como poco a poco lo consumía el recuerdo de un hombre en la fría pared.

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