Por: Mónica García

No sé por qué una de mis películas favoritas de infancia es Highlander (traducida al español como Los Inmortales), de 1986. O sí lo sé, tiene que ver con toda una atmósfera ambientada por la voz melancólica de Freddie Mercury, pero también con esos dos hombres tan increíblemente apuestos, Sean Connery y Christopher Lambert, uno haciendo de maestro y el otro de su aprendiz, transcurriendo a través de las épocas en las bellas tierras altas escocesas, viendo morir a sus seres amados y sobreviviendo a la muerte… ¿Quién no soñaría con existir aun después de ser arrojado por un precipicio, de recibir una ráfaga de disparos? Solo cortarles la cabeza, como a Medusa, lograba destruirlos, porque al final solo podía quedar uno.
Con el tiempo llegas a entender que no tienes que vivir varias vidas para haber pasado por mucho; apenas alcanzas tu quinta década y en esta tierra atormentada en la que naciste viste a un costeño ganar un Nobel y a una generación enterrar una Constitución para que viera la luz otra; caer asesinados a tres candidatos presidenciales; a unos encapuchados con uniforme militar sembrar muerte a su paso en los pueblos y los campos; conociste en los mapas un inmenso país lejano que ahora son muchos y a algunos que eran uno convertidos en dos; reemplazaste la máquina de escribir (que no tenía autocorrector, por cierto) que cargabas todos los miércoles en sexto grado para la clase de mecanografía, por la computadora que casi adivina lo que vas a decir; pasaste del teléfono conectado a la pared y que celebrabas cuando tenía el cable muy largo porque podías esconderte debajo de la cama o dentro del clóset para hablar por horas sin que te molestaran (el mismo que tu chico hacía sonar una vez antes de colgar para que supieras que era él y cogieras la bocina), a este indiscreto Smartphone que hace de todo y llevas contigo hasta a la ducha…
Pasaste de odiar tu cuerpo regordete al que una vez hiciste vomitar después de haberte atragantado de galletas que comiste de un solo tirón, a añorar esa grasa que se fue (especialmente de tus mejillas); pero ahora lo quieres y lo cuidas más porque lo sabes frágil, con fecha de caducidad. Has visto irse a muchos y nacer a otros, niños nuevos que perpetúan los apellidos pero nunca sabrán lo que era ir en manada a recorrer lotes vacíos en busca de tesoros, ni reventar coquitos con las piedras de la carretera; nunca los verás chupando el jugo dulce de los estambres de las flores de la mata de la abuela para descubrir por qué todas las tardes se pasaban por allí los colibríes. Viste morir a casi todos tus antepasados y el barrio en el que jugabas stop con tus vecinos (a los que ya no volviste a ver, aunque creías que serían tus amigos toda la vida) convertirse en una zona comercial hasta con sedes de EPS. Amaste y te olvidaron, olvidaste a muchos que te amaron y te reinventaste un par de veces en los que sentiste que todo había acabado… Has vivido tanto y aun ríes como un niño y sueñas ¿No es eso maravilloso?
La vida sigue ahí, aunque esos niños y muchos grandes escasamente levanten los ojos de sus pantallas, porque de vez en cuando algo capta su atención y logra sacarlos de su ensimismamiento para hacerlos correr, bailar y reír. Tienes un lugar al que por fin llamas hogar. Y están los amigos, los libros, el cine, la música que todavía suena gratis en nuestras cabezas; la cerveza, el vino…
Y el amor. Siempre.

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