Columna elaborada por autoría de Luis Ángel R. Laguado


Hace algunos días circuló en redes sociales la curiosa noticia que anunciaba la muerte de Noam Chomsky. Millares de personas se lanzaron estrepitosas a compartir tal primicia en todas las plataformas sociales, haciendo un eco tan ensordecedor que medios internacionales de alto calibre y de todas las latitudes se sumaron a tan bárbara avalancha de trinos y posteos. Sin embargo, horas después de que la opinión generalizada ya se había construido en torno a la muerte del lingüista, filósofo y activista político, un periodista en Brasil informó que Chomsky había sido internado por un accidente cerebrovascular y que el procedimiento realizado había sido un éxito y, por ende, aún vivía. Pese a esto, la opinión de todos aquellos que lo dieron por muerto entre mensajes de odio no quedó del todo invalidada y de allí surgieron entonces los memes como una herramienta para subvertir esa realidad mediática ya construida. “Chomsky volvió para recordarnos que hay que acabar la hegemonía gringa” y “perdónanos Chomsky por no verificar las fuentes” anunciaban algunos de estos jocosos fragmentos mínimos de información que se han subido y compartido en la red de manera casi automática.
Las redes sociales fueron sacudidas por una falsa noticia que anunciaba la muerte de Noam Chomsky, el icónico lingüista y crítico político. Sin embargo, su familia rápidamente desmintió los rumores, desatando una ola de memes y comentarios irónicos que celebraban su «resurrección» digital.

Mientras todo esto sucedía, un reconocido periodista colombiano hacía revuelo a nivel nacional con unos viejos papeles que había publicado días antes, papeles que había conseguido gracias a la mano de otro que ya está muerto y que algunos teóricos de la especulación y conspiración política aseguran “aún anda vivito y coleando”, igual que Chomsky. (Para aclarar: algunos dicen que a Jaime Vásquez lo dieron por muerto por puro bulo mediático para protegerlo de sus enemigos; a veces los muertos hablan y hacen mayor ruido). En todo caso, los papeles publicados el domingo pasado en Norte de Santander se pretendieron invalidar, ignorándolos al bautizarlos como letra muerta. “Eso ya se sabía”, decían unos. “No entiendo qué quiso decir Coronell con esa columna”, decían otros. Y el peor de todos: “el experimentado Coronell cayó en la trampa y hace el favor a mafias locales”. Vaya uno a saber a qué mafias se refieren estos tontos personajes, porque para nadie es un secreto que la mayor estructura criminal del departamento funciona desde una montaña en Chinácota y tiene sedes en muchísimas oficinas ubicadas por toda Cúcuta.

Columna de Daniel Coronell https://cambiocolombia.com/los-danieles/la-memoria-del-muerto
Pero volviendo al caso que nos atañe, después de todo este aneurisma verbal automático y sintáctico (porque, como Chomsky lo afirma, estamos determinados genéticamente a hablar, aunque la gran mayoría no diga más que falacias y repostee falsas noticias o peor aún, ignore las verdades incómodas, como suelen decir algunos más atrevidos que usan su opinión para cobrarla o venderla al mejor postor), el tema central aquí es el que encabeza esta columna y es, en resumidas cuentas, una sencilla pregunta: ¿Cuánto cuesta opinar? Chomsky ha defendido el derecho a opinar de muchos, incluso de quienes lo detractan, pero aquí en Norte de Santander opinar parece ser un oficio extraño. Todos quienes podrían hacerlo están comprometidos con el desarrollo perverso de estructuras políticas enquistadas en el poder desde hace casi 20 años. A los ciudadanos nos cuesta en plata blanca más de 1000 millones semestrales mantener este aparato que silencia las noticias negativas que son perjudiciales para el régimen de la cúpula chata. La ley del silencio opera a una escala transdepartamental y quienes no se enlistan en sus filas son decretados enemigos. Atacarlos es la tarea de las hordas periodísticas y desmentirlos la tarea de las bodegas de perfiles falsos. Otros de mayor abolengo y tradición tienen por función ser los estafetas de las malas noticias disfrazadas de responsabilidades ajenas (todo lo negativo que sucede en el departamento es culpa de PETRO, pero todo lo bueno: obra y gestión del mejor gobernador de todos los tiempos). En todo caso, todos concluyen que el silencio mediático de aquello que afecta la honra y el buen nombre del tres veces gobernador es la tarea, razón por la cual siempre se traerán a colación temas que no estaban en el tintero y se harán análisis de minucias que no valdría la pena dedicarles más de un breve saludo a la bandera.
La opinión se construye, bien lo ha demostrado Vicky Dávila, la Revista Semana y algunos otros medios de menor ralea. Valdría la pena invitar a la denostadora periodista a que hiciera alguna suerte de reportajes sobre Norte de Santander, ahora que nuestro excelso gobernador quiere ser el mejor amigo del presidente (pero juega con sus periodistas a atacarlo continuamente). Ella podría ayudarnos a subvertir la realidad de nuestro departamento, condenado a unos intereses perversos que solo quieren saquear al estado. Podrían también los medios nacionales dedicarle páginas enteras a los socios de William Villamizar, investigados y aliados con el gobierno PETRO, como el representante Wilmer Carrillo, quien tiene a su haber varios procesos y la fiscal Angélica Monsalve lo señaló de haber cuadrado con Francisco Barbosa para engavetar la investigación por extinción de dominio, cuya lista completa fue la que publicó Daniel Coronell el pasado fin de semana en memoria de un muerto. (Por cierto, no olvidemos que Wilmer Carrillo es presuntamente el responsable directo de los escandalosos hechos sucedidos en la Fiduprevisora con la plata de la salud de los profes.) O mejor aún, podrían también investigar al senador Juan Carlos García Gómez, quien aún conserva su incidencia en INVIAS y es, tal vez, el responsable directo de que las obras de El Tarrita no avancen. También deberían dedicarle algunas páginas y trinos al senador Chacón, que tiene serios reclamos por la manera en que su amiguito Ivaldo Torres ha administrado los recursos de la Universidad de Pamplona durante los últimos ocho años y quien pretende además reelegirse de manera fraudulenta, desconociendo los estatutos y cargando con el lastre de unos recientes llamados de atención por parte de la Contraloría por la no ejecución y prórroga continua de varios contratos por más de 150.000 millones para el beneficio de unas poblaciones indígenas al sur del país. ¡Mejor dicho, puras joyitas de las que nadie habla por acá en la tierrita, mano! Y eso que la lista es más larga, y cada quien ha recibido su pedacito. En todo caso, bueno sería que unos y otros opinaran y no solo se pensara en invalidar la opinión de aquellos que se rebelan, mediante el miedo o el juicio moral de doble rasero. Porque, como bien dicen unos, el patrón les ha matado el hambre a todos y el hambre que se curó un día se debe pagar para siempre y opinar de manera libre no está permitido. En resumidas cuentas, la gestión y gozo de nuestra opinión personal y colectiva en el departamento está condicionada por cuanto pagan, al parecer, los políticos de turno, que por cierto han sido los mismos durante las últimas dos décadas. Sin embargo, bien lo diría Cantinflas: “tenemos la mala costumbre de comer todos los días”. Ojalá nuestros periodistas y opinadores entendieran que también deberíamos tener la mala costumbre de opinar cuando nos plazca, así le guste o no al patrón que con una OPS pone el plato de comida en la mesa. ¡Chomsky vive y la cosa política sigue moviéndose!
Posdata: ¿Cuánto nos cobrará Vicky Dávila por unos reportajes para desmitificar a nuestros grandilocuentes congresistas y a su líder, el gobernador de Norte de Santander? ¿Será que nos unimos todos y hacemos una vaca? Recuerden que, al final, opinar cuesta.
Sobre el Autor:
LUIS ÁNGEL R. LAGUADO Coproductor y guionista en Subversite. Publicista, mercadotecnista y consultor de negocios PYMES. Ciudadano político, disidente y detractor.

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