«Dejadme allí mismo, donde yo caiga, para que me abrace el sol y el viento y la luna, que la vida me devore mordisco tras mordisco» -Ramón Sampedro
A pasos cortos pero firmes, te vi cruzar la puerta al final de la jornada. Con voz trémula te despedías uno a uno de los que, lunas atrás, hicimos nuestro tu sufrimiento cotidiano y ahora éramos testigos de la valentía con la que entre lágrimas partías de esta mal llamada vida.
Por fin serás libre, por fin dejarás tu prisión de huesos y carne a la que te había condenado un dolor irremediable aún sin merecerlo. Irás ligero de equipaje: tus memorias, tus libros favoritos, la bufanda que dejarás como herencia a tu madre, el abrazo álgido pero efusivo con el que con gratitud nos incluiste en tu testamento. No necesitarás nada más para partir sin escalas hacia la eternidad. Las vanidades del mundo sobran en ésta ecuación y mas aún cuando entre rodillas dobladas, murmullos y dedos acusadores te quisieron llevar a la palestra como si querer ser libre y rechazar el amargo cáliz del dolor perpetuo ya fuese un pecado nefando.
Ángel precoz: ya es hora. Ahora te convertirás en recuerdo. Es momento de que tu historia regrese al cálido y oscuro vientre de la tierra. Cierra tus ojos, deja que tu luz se apague para que puedas brillar eternamente junto a las estrellas.
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