Capítulo IV: La Verdad
Por: S.C. Ruiz

Los muros de fuego crecen en el viento, en la brisa; el aire les da más vida y más, cuando el aire tiene sabor y aroma a dolor y odio. Quemando todo a su alrededor, hombres a caballo disparan al cielo, quemando los techos; encerrando a los que gritan entre las cuatro paredes. Todos se convierten en ceniza, todos se hacen polvo. La desesperación crece y crece, la angustia se hace en cada alarido, en cada llanto, en cada lagrima, en cada gota de sangre, en cada hueso roto. Martin el Aventurero, por primera vez contemplo el odio haciendo de las suyas, siendo invisible para los verdugos; solo siendo sombra de un olvido que no es presente. Se encontraba en medio del pueblo ahora, como si aquella bestia enorme, que es rey del paramo con sus alas negras lo hubiese llevado hasta ahí. Donde de la iglesia sale un padre gritando que Dios es el único salvador de la Patria y el Orden será por la vía de las armas, entregaba fusiles entonces a los desprolijos cazadores.
- Quémenlo todo, que aprendan estos desgraciados; su rojo corazón quedara intacto por el azul de nuestro cielo eterno. Somos cóndores y llevamos con nosotros los pájaros que difundirán la palabra del mañana, por nuestra amada tierra, que la bañara la sangre de los traidores para renacer nuevamente; porque esto, es cuestión de principios.

Todo desparecía, como si nunca hubiera existido. Los proyectiles no dejaban más que cuerpos fríos e inmóviles, presos de la desesperación del sin saber. Martin el Aventurero intento salvarlos, pero era etéreo e incorpóreo; solo podía llorar, no había mas que hacer. Mientras el galope de los caballos perseguía a las presas humanas, objetivos de caza de gran importancia; tomando nota de los caídos, sin dejar presos o cabos sueltos. Que todo terminara siendo silencio, pero un silencio diferente, pues se esperaba de igual manera, que terminara hablando mas que mil palabras; solo siendo una imagen eterna, que perdura con miedo, tallada color sangre en la piedra.
Martin sabiendo que el fuego se propaga rápido, subió despavorido a donde sabia era su casa; pero el camino estaba diferente, estaba empedrado ahora, como si hubiese pasado el tiempo, como si fuera nuevo y a la vez un poco mas viejo. Corrió tan rápido como su cuerpo le permitió y ahí los vio. El hombre que había recordado tan de frente, salía con la frente en alto y se cruzaba en medio de los pájaros negros que con sus armas extendidas y sus antorchas destruían todo, picando y picando. Aquel hombre que era su sangre, saco un revolver y les amenazo ferozmente, mientras en la parte trasera de la casa; donde aún no habían llegado las plumas mezquinas de los pájaros, huía la hermosa Rosa huía con un niño que era idéntico a él, pero un tanto más pequeño que él. Un tanto más niño, mas inexperto, mas olvidadizo, mas ingenuo si se quiere. Corrieron los dos hasta llegar a los cultivos de maíz que eran grandes y que luego estaban los arboles de naranja y los de banano; mientras una orden que sonó a grito determino luego que fuera preso el unisonó de un estruendo con olor a pólvora, que dejo al pobre Rodrigo en el piso, tan frio y asustado como todos los demás.

Gritaba desesperado Martin el Aventurero; gritaba sin remedio, gritaba sin reparo y gritaba sangrando sin dejar rastro del rojo liquido que recorre su cuerpo. Pero borbotones de lágrimas de sus ojos salían sin parar, viendo a la bella Rosa correr con su pequeño aventurero. Quien detrás de ella veía como se acercaban al acecho, cada vez más y más cerca, los pájaros sobrevolando el terreno. Fue entonces donde aquel pequeño había olvidado todo lo que era, pues no sabia bien que estaba pasando en su momento. Solo recordaba que Rosa decía y le repetía.
- ¿Recuerdas el camino a la casa de los abuelitos? ¿Recuerdas donde viven los abuelitos? Mírame Martin, mírame a los ojos. No llores, no llores; que todo va a estar bien. Tienes que ir a casa de los abuelitos, como te enseñamos tu papa y yo ¿Si mi amor?
En un abrir y cerrar de ojos la oscuridad se tomo todo, no dejo partida alguna y cesaron los llantos, los balazos y los gritos. Tan solo un mínimo de silencio, una paz lograda por el extravió del cuerpo que no resiste, que no quiere más. Martin el Aventurero se dio cuenta al abrir sus ojos que estaba ahí de nuevo. Ya no era lo que era, jamás volvería a ser lo que fue, pues nada que se destruye vuelve a ser lo que antaño fue. Fue entonces que Martin volvió a escuchar aquella voz, abriendo los ojos de nuevo estaba parado frente a las ruinas de la casa, que fue su casa y de la que tan solo quedaron los recuerdos. Quemada y destruida, saqueada y violentada, sucia y ajada; olvidada como se olvidan los muertos. Entro en lo que eran unas cuantas tablas y ladrillos, maderos y paredes, retablos y restos de los enceres; tomando con las manos, los pedazos de sus recuerdos, que se hacían vividos una vez mas en su cuerpo.
- La verdad pesa, la verdad nos convierte en bestias, la verdad nos destruye el alma. La verdad, es el fuego que incendia las casas. La verdad nos ha empujado al olvido y nos ha dejado presos del engaño, que se hace realidad como se hacen cotidianas las mentiras y se hace normal que la sangre se esté derramando.
- ¿Por qué me atormentan? ¿Por qué me hacen esto? ¿Solo quería verlos de nuevo? ¿Solo quería recordarlos a ellos?
- Es el precio que hay que pagar. Nada es gratuito en la vida, todo tiene un costo; el recordar es esto. Mas cuando se recuerda con el alma, se teje con el corazón y se siente con los huesos.
- ¿Por qué no dan la cara? ¿Se ocultan de un niño? No tienen vergüenza ni valor, como los que hicieron esto; me atormentan con esta jugarreta sucia y ahora he vuelto al inicio…
Gritaba Martin el Aventurero, lleno de briosos sentimientos, alzando la voz como cualquier conquistador lleno de odio en su pecho; pensando y tejiendo, un millar de visiones sobre como destruir a quienes le quitaron lo que era su derecho. La voz hablaba y hablaba, respondiendo los alaridos ensangrentados de Martin; hasta que decidió callar, guardar silencio y solo dejarlo gritar. Pasaron minutos, de llanto y vociferaciones al aire; maldiciendo la mala suerte y la buena suerte, al azar y a la vida, a los astros y los olimpos venideros. Culpo a todos por lo sucedido y hasta el mismo se vio como enemigo ¿Ser débil o ser fuerte? ¿Un tonto campesino o tener un fierro para matar gente? Se repetía y se repetía. Hasta que entre los matorrales de vegetación que se acrecentaban por todos lados, apareció una Danta grande, gorda y moteada; sin necesidad de abrir su boca, tan solo mirándole fijamente, este dejo de sollozar y paro de gritar. Tan solo escucho…
- La verdad tiene un alto costo, pero una gran recompensa si sabes que hay tras de ella; el primero de esos regalos, son las lagrimas que labraran la tierra de un jardín que fue incendiado. La historia de todos, es la historia uno solo; la historia verdadera es la que duele y nos carga de odio. Porque la historia lleva consigo todo, sin remordimiento. En ella reposa la verdad y la verdad no tiene bandos, no tiene victoriosos o vencidos; la verdad carga con la felicidad y el dolor de quienes gozaron o se dolieron de lo que fue, lo que es y lo que será. Aprenderás entonces, mi pequeño Martin, lo que puede ser y lo que no; de los regalos de la verdad…
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