ODA A UNA PLAZA DE MERCADO

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Nunca la tierra
se muestra tan generosa
y democrática
como en la plaza de mercado.

El revuelo que inicia
desde antes de despertar el sol
no pierde ni un instante la jovialidad
ni la ternura
cuando de ofrecer
los frutos de la tierra se trata.
Manos llenas de tierra
pero con un amor y veneración únicos
te muestran coloridos
fragmentos de parcela
aún cuando la jornada,
pareciese ser infinita
y la maremágnum de rostros y voces
que vienen y van casi sin tregua
amenace con tornarse abrumadora.
Desde esa ventana laberíntica
de pasillos infinitos
el mundo explota
en una multitud de colores, olores y sabores
algunos tan cotidianos y nuestros
otros que han viajado desde otras latitudes
esperando ocupar un lugar
en la mesa.

Casi como un mosaico
en donde lo ancestral y lo nuevo,
lo fino y lo rústico,
el orden y el caos
se mezclan en un enorme
lienzo en movimiento
que es todo un deleite
para los sentidos:
las especias susurrando historias
desde tierras lejanas,
la roja y amplia sonrisa refrescante
de las sandías,
la luz cítrica que habita
en el vientre embarazado
de las naranjas,
la blancura melancólica
y picante de las cebollas,
los cocos con su mar interior
que nutre su dulce carne
ajena a su dureza externa,
la historia precolombina
resumida en cada grano de maíz;
aquí yacen el pescado, la gallina,
la vaca y el cerdo
como testimonio claro
de la inevitable y necesaria
cadena alimenticia,
los huevos (frágiles y perfectas cúpulas)
y su fertilidad suspendida,
las leguminosas ofreciendo
su abundancia desde los costales,
las hierbas perfumando el aire
con su sabiduría ancestral,
la alegre dulzura de las frutas,
el colorido prístino de las verduras,
la rubicundez vital
de los tomates y pimentones,
la suculencia amarilla y verde
de los aguacates,
las flores mostrando al mundo
su ingenua belleza caleidoscópica,
el milagro de la fotosíntesis
haciéndose patente en las materas,
la geometría entretejida
en cada fibra de los canastos,
el amor transmutado en comida
que nos sienta a todos
en la misma mesa…

Y no me canso
aún llevando a rastras
mi preciosa carga nutricia en mi bolsa
de transitar por cada rincón
de ésta ventana al mundo
en donde la tierra nos alecciona
sobre cómo ser democráticos y generosos
a manos llenas.

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