En el ocaso de un día cualquiera, se cruzaron dos almas en la encrucijada del tiempo, un joven, con la mirada llena de estrellas, una mujer, con la sabiduría del viento.
La diferencia de edades, una brecha sin fin, se desvaneció con un suspiro, un susurro, pues en sus ojos se reflejaba un jardín, donde florecían los sentimientos más puros.
Ella le enseñó los misterios del ser, él le recordó la magia de volar, en cada beso, en cada atardecer, el tiempo se detuvo para contemplar.
Él, en su juventud, halló un faro en su piel, ella, en su madurez, halló un renacer. juntos, desafiaron el paso del cruel tiempo, en un amor sin nada que temer.
Ni la edad, ni la distancia podrán separarnos, en un amor que no sabe de fronteras.
Y así, sin nombres que limiten su amor, fluyeron como el río hacia el mar, un joven y una mujer mayor, en el resplandor de un poema que el tiempo no puede borrar
«El amor es un puente que une dos orillas, sin importar las décadas que separen los bancos del río.»
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