Por: La Bibliotecaria


En abril de 1920, Franz Kafka decidió responder a unas cartas que le había enviado una joven llamada Milena Jesenská, quien había traducido del alemán al checo algunos cuentos del escritor. «Cartas a Milena» contiene la correspondencia que, entre 1920 y 1922, Kafka se dirigió a esta joven. Milena tenía 23 años, procedía de una familia de Praga de elevada posición social, vivía en Viena y estaba casada con un intelectual que le era infiel. Se sintió sola. Su marido la mantenía al margen de la vida cultural de Viena. Impresionada por la literatura de Kafka, ella decide traducirlo del alemán al checo. Si bien el intercambio de cartas comienza por motivos meramente literarios, poco a poco ambos quedan ligados en una relación afectiva de mucha intensidad y esencialmente platónica, porque sus encuentros, en esos dos años de correspondencia, no pasaron de tres o cuatro.
En las cartas solo escuchamos la voz, a veces apasionada, otras, confusa, del escritor. Es un hemidiálogo donde el lector solo puede intuir lo que escribe Milena. Las cartas de la joven se perdieron y es imposible saber qué pensó sobre Kafka. Pero esta correspondencia, al margen de su interés psicológico y afectivo, sirve para penetrar en la vida y la obra del escritor checo. Aquí apuntaré algunos aspectos: Los encuentros. Ambos están enfermos de los pulmones. A Kafka le quedan dos años de vida cuando se termina la correspondencia con Milena. En 1924 sufre un ataque de tuberculosis de laringe, lo que le dificulta tragar los alimentos. Muere el 3 de junio de ese año con 39 años. Él es 13 años mayor que la joven. Milena muy pronto le confiará sus penurias: no tiene dinero, se alimenta solo de té y manzanas, sus pulmones tampoco están bien. Franz le irá enviando pequeñas cantidades de dinero, porque él tampoco dispone de riqueza. Trabaja en una oficina elaborando informes y legados. A ambos les resulta difícil el traslado entre Praga y Viena. Logran arreglar tres encuentros en Gmünd, una ciudad austríaca cerca de Checoslovaquia. Pero los encuentros siempre dejan insatisfechos a ambos.
El sexo. Kafka tenía el sexo asociado a la suciedad y la culpa. Un fragmento de su carta nos dice: «Mi cuerpo, a veces tranquilo durante años, se veía sacudido otra vez por ese deseo de un pequeño y muy preciso acto abominable, de algo ligeramente repugnante, turbador, sucio». Y asocia su urgencia y su suciedad al eterno judío «insensatamente errante por un mundo insensatamente sucio». En sus recuerdos de los encuentros, él solo desea tocar las manos, oler el cabello, besar el cuello de Milena y reposar sobre su regazo. No hace mención de la relación sexual.
Los judíos. Su criterio sobre los judíos no es nada favorable. No olvidemos que él lo era y vivía en el gueto judío de Praga. De ellos, con bastante crueldad, le comenta a Milena: «A veces desearía amontonarlos a todos –por ser judíos, precisamente (incluyéndome a mí) – en el cajón de la ropa sucia y esperar un poco, luego abrir un poco el cajón para ver si ya se han asfixiado todos y, si no es así, volver a cerrar el cajón y seguir así hasta el final».
El miedo. Su vida está regida por el temor al mundo pero, especialmente a las instituciones. Cuando Milena le sugiere que diga una mentira en la oficina para viajar a su encuentro, él le responde: «Para mí […], la oficina –como ya lo fuera la escuela primaria, la secundaria, la universidad, la familia y todo– es un individuo vivo que me contempla con sus ojos inocentes, esté yo donde esté, un individuo al cual estoy ligado por alguna razón desconocida…». Este miedo irracional está presente en su novela inacabada «El proceso», donde las autoridades difusas acusan a un individuo de culpas que no tiene, hasta conseguir que ese ser acabe acusándose sin ser culpable. Estas persecuciones y demonios hicieron que los psicólogos dijeran que Kafka padecía un trastorno esquizoide de la personalidad, aunque lo cierto es que su obra encarna, mejor que cualquier otra, la angustia existencial del ser humano del siglo XX, atrapado en las redes de un poder. político y burocrático que se le escapa de las manos y ya no puede controlar.
Enfermedad Mental. En una de las cartas en que se justifica por no querer ir a Viena a ver a Milena, dice que no podría soportar mentalmente el esfuerzo del viaje. Y añade: «Estoy mentalmente enfermo, la enfermedad pulmonar es solo un desborde de la enfermedad mental. Estoy así enfermo desde los cuatro o cinco años de mis dos primeros compromisos matrimoniales».
Su prosa. La prosa de Kafka es clara, nada barroca. Comparada con la de Flaubert, Proust o James Joyce, por citar tres autores casi contemporáneos del autor, Kafka utiliza una prosa transparente. Kundera en «El arte de la novela» dice que Kafka nunca tuvo un propósito político en su escritura. El mundo que estaba descrito en su cerebro. Lo kafkiano –adjetivo que se utiliza hasta el hartazgo– está en sus argumentos. La escritura de Kafka podría leerla un niño. Por eso algunos lo consideran un autor menor, pero por su mensaje creo que es de los más grandes escritores del siglo XX. Añado que él pidió a su amigo Max Brod que, a su muerte, destruyera toda su obra. Brod fue el encargado de publicar sus relatos y novelas, incluso «El proceso» y «El castillo», las novelas que quedaron inconclusas.
«La metamorfosis». Hay un fragmento en una carta que me hizo pensar que, de esa observación, surgió la idea de «La metamorfosis». Mientras escribe su carta, no quiere que nada, ni nadie lo molesta. Muchas misivas, escritas en la oficina, se ven interrumpidas por su jefe o un visitante. Esto lo pone de muy mal humor. En el ejemplo que citaré, Kafka está escribiendo y ocurre esto: «A pesar de todo, escribir hace bien. Me siento más sereno que hace dos horas, mientras estaba con su carta en la silla tijera. Mientras estaba tendido allí, a un paso de mí yacía un escarabajo, patas arriba, desesperado. No podía enderezarse, me habría gustado ayudar, era tan fácil hacerlo, bastaba un paso y un empujoncito para brindarle una ayuda efectiva. Pero lo olvidé a causa de la carta». Creo que de allí surgió esa idea y ese comienzo: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertida en un monstruoso insecto». En ningún momento se dice que sea una cucaracha o un escarabajo. Deja librado este dato a la mente del lector, pero lo cierto es que trata con enorme humanidad a ese joven Samsa que sufre porque su transformación creará problemas a sus padres pues ya no contarán con su salario y, además, impedirá que su hermana consiga un Buen partido para casarse.
Los apuntes anteriores surgieron de la lectura cuidadosa de «Cartas a Milena». Mi interés es que el lector de esta reseña se acerque a cualquier obra de Franz Kafka y que así comprenda que, detrás del absurdo, se encuentra un intento de dilucidación de la existencia humana contemporánea.
Nota: El nombre de Milena es esdrújulo. Lo dice el mismo Kafka en una carta, pero en todas las traducciones se transformó en plano: Milena. Quizás más fascinante aún que la correspondencia de un escritor es esta “relación con espectros, y no solo con el espectro del destinatario, sino también con el propio espectro”, escribió Kafka. Este tipo de lectura proporciona un placer particular, ciertamente intelectual (descubrir oblicuamente una obra) pero también prohibido (entrar en lo íntimo).
Kafka conoce a la “verdaderamente fabulosamente bella” Milena Jesenská (1896-1944) en septiembre de 1919, en el café Arco de Praga; ella tiene el proyecto de traducir «Der Heizer» (El Fogonero) al checo. Ella es al principio para el escritor una silueta fugaz y fantasmal: “Me doy cuenta de que no puedo recordar ninguna parte concreta de tu rostro…”. Aunque aún no se han vuelto a ver, ella poco a poco entra en la vida cotidiana del escritor. Kafka dice que la extraña, o más bien sus cartas. Milena tiene 24 años, “es un fuego vivo, como nunca había visto antes…”, confiará Kafka en Max Brod, y también se lo escribe a la joven mujer: “cuando quiero alzar la vista hasta su rostro, estalla un incendio en el transcurso de su carta —¡qué historia!— y no veo sino fuego“. Algunas cartas más tarde, una forma de declaración pasará por la misma metáfora de la incandescencia: “Milena (qué nombre rico y denso, apenas es posible levantarlo de pura plenitud, y no me gustó mucho al principio, me pareció un griego o un romano). extraviado en Bohemia, violentado en checo, defraudado en prosa.
Recomendaría leer «Cartas a Milena» porque ofrece una mirada íntima y reveladora a la mente de Franz Kafka, uno de los escritores más influyentes del siglo XX. A través de esta correspondencia, los lectores tienen la oportunidad de sumergirse en los pensamientos, emociones y preocupaciones de Kafka, mientras exploran temas universales como el amor, la soledad, la creatividad y la condición humana. Además, las cartas proporcionan un contexto histórico y cultural único de la Europa de principios del siglo XX, enriqueciendo aún más la experiencia de lectura. En resumen, «Cartas a Milena» es una obra que no solo ofrece una visión profunda del autor, sino que también invita a reflexionar sobre la vida, el arte y la conexión humana.
Nos vemos pronto en otra reseña literaria.

Te invitamos a nuestro conversatorio el próximo 14 de Junio

¡Si deseas leer el libro totalmente gratis, descárgalo aquí dándole click en «Descargar»!

Sobre la autora:

Columnas recientes
Busca columnas por autor






Deja un comentario