LOS MERCENARIOS DE LA SALUD EN COLOMBIA

Por: EL PARRESIASTÉS

El último día de noviembre de 2023, muy a las seis de la mañana, tuve que asistir a una cita médica que se me había programado. Me iban a tomar una radiografía de tórax, ordenada por una excelente médico cirujana. Dicho procedimiento ya se encontraba autorizado y previamente pagado.


Mientras hacía fila para entrar, observaba con atención la tétrica y agobiante fachada de la Clínica Jericó, que en nada desentonaba con la calle donde se encuentra dispuesta. Parecía una locación de la exitosa serie “The Walking Dead” – reproduzca mentalmente la melodía de la intro de la serie –.
Un escenario distópico y angustiante.


Antes de autorizar el ingreso a la muchedumbre despreciable, las primeras indicaciones se nos daban desde el interior, a través de un parlante, como a judíos en un campo de concentración alemán. O como se comunican actualmente las autoridades isralíes en los territorios que ocupan de los palestinos.


Una vez dentro, en las diminutas salas de espera, nos hacinaban como detenidos en una estación de policía. Sin espacios que consideren la dignidad humana, especialmente las de la tercera edad o con condiciones físicas especiales, como quienes deben asistir en sillas de ruedas o caminadores.


El ambiente y la sensación de desesperanza se acentuaba, además de los desahuciados rostros, por los aires acondicionados al mínimo, como anticipándonos la frialdad eterna del sepulcro. ¡Vaya! Pensé, ahora me encuentro dentro de la segunda temporada de “American Horror Story: Asylum”.


Una voz regañona, repelente e imperativa me arrancó de las tribulaciones. Se trataba de una empleada de facturación de la empresucha TRANSFUGALIM LTDA. La que indiscriminadamente y a los verriondazos, exigía la documentación. La función de esta señora era solicitar una serie de documentos innecesarios a los pacientes para detectar uno que no se tenga a mano y con ello negar la prestación de los servicios.


Viendo que se acercaba la hora de mi cita y no me llamaba me acerqué a la ventanilla de atención de la que ella se había ausentado como quince minutos. Cuando regresó le manifesté que eran las siete y quince de la mañana y que según el mensaje recibido me atendían a la siete y veinte. Le entrego la documentación y la constancia de pago. Entonces me exige la historia clínica, que si no la llevaba no me prestaban el servicio.


Yo no mantengo metido en citas médicas, pero en las pocas que he ido, llevando a mis hijos o acompañando a mi esposa, nunca me habían exigido una historia clínica para un tema de facturación. Que se la solicite a uno el cirujano que lo va intervenir o un anestesiólogo, vaya y venga, tiene sentido. Pero ¿¡exigirla solamente por un trámite administrativo de facturación!? No me parece que eso esté ajustado a derecho.


Como sea, listo. Nos fuimos a buscar la historia clínica a otra dependencia médica. Cuando regresamos con la historia clínica, ya la sargento chaparra dijo que no nos atendía. Que nos dirigiéramos a la ofician 103.


En la oficina 103 ya nos recibió otra con cara de orto, pretendiendo sermonearnos y a obstaculizarme la prestación del servicio médico, derecho esencial y fundamental. A regañadientes y porque la empecé a grabar con el celular, accedió a llevar a cabo el trámite burocrático que le correspondía.


Pasé los documentos a la zona de la radiografía. Esperaba el llamado. No habían pasado un par de minutos cuando se me aparece un espanto levitando. Porque no caminaba… ¡levitaba! ¡Morticia Adams! Y no precisamente en la última versión de Catherine Zeta-Jones.


Sin saludar ni presentarse, nos pregunta con prepotencia y altivez: “¿me estaban esperando?”. Y, como llamando a sus mascotas, con gestos de desidia nos dice que la sigamos a su oficina. Lo debo confesar. Presentí la “Mala Hora”. Al ingresar a la oficina y seguir constatando esas formas, ínfulas y maneras arrogantes y recalcitrantes de este deleznable ser, me retiré.


De niño en el colegio nunca me tuvieron que llamar a rectoría para regañarme, mucho menos voy a permitir que me lo hagan sin razón, de viejo.


Con mi proceder, no le reconocí ningún tipo de autoridad a esa señora, lo que la exacerbó aún más. Que un plebeyo se pase por la faja, en sus dominios, su altivez y prepotencia, le dolió más que haberle machucado un “nipple”.


Pobres empleados. El acoso laboral se ve que ahí es bien bravo con esa ¡mamba! En American Horror Story Asilum.


Seguía en la sala esperando el llamado para la radiografía que no llegó.


Salió Morticia de su trono y en su poder omnipotente decretó que no se iba a prestar la atención y punto. Porque ella era la dueña del chuzo, que qué derecho a la salud, ni que servicio esencial, ni que nada. Que fuera, que se retiren.


Ya resignado, uno no debe discutir con semovientes, menos si gobiernan. Le dije, listo, entrégueme mis papeles y me voy.


Se le recalcó que su proceder era arbitrario e ilegal. Ofuscada alzó el brazo de donde despidió un “golpe de ala” atroz e imperativamente convocó a la seguridad. Apareciendo un primate uniformado en forma instantánea de la Empresa: Le Pegamos Juntos LTDA. Este empezó a empujarnos. Le devuelvo el empujón y sin mediar palabra me toma del cuello y empieza a darme coñazos en la cabeza. Ante lo cual simplemente agaché la testa y poseído por el espíritu de Mahatma Gandhi, me quedé resistiendo los golpes del energúmeno.


La tierra se detuvo, suspendiendo su apacible movimiento de rotación. Estaba en un nivel de paz y tranquilidad que nunca había experimentado. Estoico y consciente, me puse a contar los lances: uno… dos… tres… cuatro. Imperturbable.


Los huesos del cráneo son más fuertes y resistentes que los de las manitos. Pobre manito.


Morticia, la radióloga, dejando de levitar, aterrizada y aterrada por los desafueros de su pitbull, que ella provocó e instrumentalizó, grita, los insta a detenerse. Lo toma del brazo y como el par de ratas cobardes que son se escabullen a la oficina de la matrona de los Adams. Se esconden. No salieron más.
Llamamos a la Policía. Llegan. No hacen un carajo.


Les garantizo que, si yo le parto el hocico de un cabezazo a la mascota de Morticia, a mi si me llevan esposado a un CAI o una URI.


Puestas las quejas correspondientes, mi EPS me derivó a la Clínica San José, donde me practicaron los exámenes correspondientes y finalmente me operaron. Un agradecimiento especial a esa institución y a su cuerpo médico que me practicaron la cirugía en la mañana del 14 de marzo de este año.


La empresucha TRANSFUGALIM LTDA que no le va nada mal en la parte contractual, recibiendo recursos del Estado a través de diferentes EPS por servicios que, entre otros, ¡no presta! Hace parte de esos satélites de los Mercenarios de la Salud que pululan en este país a muchos de los cuales ha ido a parar su porción de los nueve billones de pesos que se han detectado perdidos.


Los dolientes y críticos del gobierno actual, que antes no decían nada porque todos comían callados con los gobiernos anteriores, se encuentran pataleando hoy porque para ellos la salud es “un modelo de negocio”, no un servicio público esencial y fundamental.


Colsanitas, Compensar, Sura; ven que ese flujo infinito de dinero, a futuro, va ir a parar a otros lados. Y fingiendo dignidad, manifiestan retirarse voluntariamente del sistema que enriqueció más a los emporios económicos a que pertenecen. Sí, porque el problema es y será siempre el factor humano, que es indefectiblemente corrupto. En Cualquier tipo de sistema que se quiera implantar, siempre estarán los que en contubernio se roben la plata, sea quien sea el Presidente de la República.


La corrupción es un mal que no tiene remedio, menos cuando quienes deben poner el ejemplo son quienes la fomentan.


Volviendo a la muestra de materia fecal, TRANSFUGALIM LTDA. Tiene jugosos contratos con el Hospital Erasmo Meoz. Sumado a otras instituciones, corona anualmente aproximadamente, cuatro mil millones de pesos ($4.000.000.000) es decir, cuatro millones de dólares al año, puede ser más, puede ser un poco menos. ¡Negociazo! y más cuando se gana la plata sin prestar los servicios de salud que le paga el Estado.


En una de las clausulas de los contratos que suscriben con las diferentes instituciones, se expresa:
“Con fundamento en el carácter esencial del servicio público de salud, el contratista se obliga a cumplir el objeto contractual en términos de oportunidad, eficiencia y eficacia. En el evento de incumplir parcialmente o retrasar el servicio, por causas no imputables a la fuerza mayor o caso fortuito, se obliga a cancelar los perjuicios que su omisión o retardo ocasione, para cuyos fines se garantizará el debido proceso. El contratista autorizará en forma expresa e inequívoca el descuento directo del valor de los perjuicios causados.”


¡Sigue robando y ultrajando MORTICIA! ¡Mercenaria de la salud!


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