LA GRACIA DE CONTEMPLAR, NARRAR Y MÁS

Por: María Victoria Osorio Ardila

“La escucha inspira la narración del interlocutor y abre un espacio de resonancia,
en el que el narrador se siente interpelado, escuchado y hasta amado.”

BYUNG -CHUL HAN
La Crisis de la Narración

Sin duda leer los escritos del filósofo coreano, BYUNG -CHUL HAN, materializan una experiencia reflexiva única. El autor de “La Vida Contemplativa, La Crisis de la Narración, La sociedad de la Transparencia”, entre otros libros de incalculable valor, se desnudan ante nuestro ser como un oasis en medio de un mundo convulsionado y acelerado. La invitación del escritor es, sobre todo, un intento por restablecer el orden ante la caótica realidad.

El mencionado filósofo y escritor, entre las múltiples meditaciones y consejos, recalca la necesidad del descanso, del ocio, de aquellos momentos para no hacer nada, para la contemplación. Ósea, insiste en la política de la inactividad. Pero no es la holgazanería. Más allá del descanso necesario, se trata de la pausa para meditar, para apreciar la naturaleza. Es el instante para descubrir en los detalles la tranquilidad y la paz. Es la ocasión para desconectarse de la rutina.

Una sociedad en movimiento permanente, atosigada por la producción, requiere reposo y urgente pausa. Reprocha el autor, que los momentos dedicados a la fiesta o al descanso se han convertido en oportunidades para la productividad. La sociedad gira alrededor del consumo y el comercio, minimizando la serenidad y la calma.

De otra parte, advierte el filósofo que la contemplación está perdiendo relevancia y es sustituida por la información excesiva que la tecnología impone. Por ejemplo, la renombrada IA, (la inteligencia artificial) carente de emoción y de sentimientos, – si bien es cierto, – resulta ser útil en campos de la ciencia y la investigación, en otras ocasiones se podría calificar de insolente y profana, especialmente a la hora de usarse como herramienta para escribir una tesis, un ensayo, una sentencia, un poema o una pieza musical, exponiendo toda su espuria apariencia, pues, carece de sabor y color. Tal como sucede, con los componentes que asemejan al paladar un sabor frutal, aparentando al consumidor ingredientes que no provienen de la esencia, por ello son detectables y hasta repugnantes.

Es de tal magnitud la obligación productiva, que también amenaza con apoderarse del lenguaje en todas sus dimensiones, causando una crisis narrativa ruinosa y una sordera fatal. Narrar y escuchar son acciones complementarias. No se trata de hablar solo del YO (individualismo), también es indispensable escuchar a los demás, es forzosa la comunicación.

Es admirable y grato, observar en los libros del filósofo Byung – Chul Han, el concepto elevado que atribuye a la poesía, considerada casi como la máxima expresión de la contemplación.


Así se expresa, el autor sobre el particular:

“En la poesía el lenguaje se pone en modo contemplación. Nosotros los activos, apenas si leemos poemas. La pérdida de la capacidad contemplativa repercute sobre nuestra relación con el lenguaje. Aturdidos por la embriaguez de la información y de la comunicación nos alejamos de la poesía como contemplación del lenguaje y comenzamos incluso a odiarla. Cuando el lenguaje se limita a funcionar y a producir información, pierde todo esplendor”.

Byung – Chul Han, destaca con fuerte preocupación la localización de la crisis de la narración. Esa narración de historias y cuentos que, en otrora se compartía a los niños sentados bajo la sombra de un árbol o antes de dormir, – reemplazada por la pantalla luminosa, por las redes sociales, por la información instantánea, efímera y fría, desprovista de relatos, ausente de emociones, sin contenido, una mezcla de imágenes lejanas que pretenden contar algo en un minuto, en un carrera contra la fugacidad del tiempo, intentando captar la atención dispersa del público, ante un paisaje frenético y acelerado que imposta un ritmo de vida a toda marcha.

La costumbre de una conversación alrededor de una cena familiar, o un festejo, la narración que se pronunciaba en una carta del día de la Madre, – elaborada por el hijo o la hija, colmada de dibujos y colores infinitos, son las esquelas y tarjetas que las madres aún conservan con amor. Hoy esas cartas y esquelas, parecen objetos encontrados en la cápsula del tiempo, añejas piezas de museo y recuerdos en cajas floridas que poco a poco han sido sustituidas por la publicación en una “historia”, que se diluye bajo los suspiros de la receptora, en tan solo 24 horas.

La contemplación, la narración y los valores sin la exigencia de la constante transparencia (otro asunto que amerita más tiempo), – se ven amenazados por vivir de manera apresurada, por la adopción de hábitos inadecuados, por la tecnología invasiva. La misma tecnología que, los adultos facilitan a los niños para distraer o calmar la inquietud pueril, ya sea por la forzosa delegación de la enseñanza o la formación de los hijos en manos de terceros, se suma al escalofriante panorama la concurrente queja ante el ejercicio más dignificante que existe: la Maternidad.

La narrativa aburridora y usual que pretende normalizarse, reside en oír a la madre moderna quejarse por la asfixia que le producen las cotidianas tareas propias de maternizar. La constante queja, lejos de narrar – se edifica como una excusa para distraer la frustración que les abruma, descargando a su paso un mensaje negativo hacia los hijos, traducido en desamor y en abandono. Como si los hijos fuesen cargas pesadas, que deben levantar a la sombra del afligido recuerdo de la procreación irresponsable.

En resumen, volviendo al escritor, – las reflexiones que contienen los libros del filósofo recomendado, son meditaciones puras y simples. Se trata, de conservar las tradiciones y mantener el equilibrio, entre aquello que causa felicidad y lo que entrega instantes de distracción o aparente agrado. Volver a narrar de formar oral o escrita, dejar huella autentica y real. Canalizar adecuadamente el uso de la tecnología, en beneficio de la humanidad, ese debe ser el objetivo.

La moderna y artificial dinámica, no podrá reemplazar al ser humano, la capacidad mental y el raciocinio son justamente las cualidades que nos hacen diferentes y únicos. El imperativo consumo y la apremiante producción, no pueden erradicar los espacios para el descanso, para la inactividad requerida en pro de conseguir nivelar la energía física y mental.

No podemos permitir, que el dulce artificial que embriaga los sentidos, nos separe de las historias, de las lecturas, de la escritura manual, de la creación autentica y de la acción poética. No podemos perder los más eficaces métodos para salvar vidas, en esta incansable misión de sobrevivir para vivir.


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