Por: Jonathan Niño


Queridos lectores,
Un día hablando con una amiga, ella dijo muy inspirada: ¡En un futuro, sueño con un mundo mejor para nuestros hijos y sobrinos! Y hoy quiero iniciar con una pregunta profunda: ¿Qué mundo queremos dejarles a ellos? Este cuestionamiento nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones presentes y su impacto futuro.
Imaginemos un mundo lleno de drogas, violencia descontrolada, excesos sexuales y un medio ambiente completamente deteriorado. En este escenario, las máscaras de oxígeno son necesarias debido a la contaminación, y solo unos pocos privilegiados pueden acceder a ellas, aumentando así la desigualdad y la inseguridad en los barrios más vulnerables.
Es ampliamente conocido que la educación es el cimiento sobre el cual se construyen sociedades prósperas y sostenibles. No se trata solo de transmitir conocimientos, sino de inculcar valores que guíen a las futuras generaciones hacia un mundo mejor. La educación debe ser un recurso inagotable, un pozo del cual podrán extraer conocimiento y sabiduría para enfrentar los desafíos de un mundo globalizado y tecnológico.
Imaginemos un futuro donde nuestros hijos y sobrinos estén equipados desde una edad temprana con las herramientas necesarias: curiosidad, creatividad y pensamiento crítico. Educar en valores como la empatía, el respeto y la responsabilidad social es esencial para formar ciudadanos comprometidos con el bienestar común.
La educación va más allá de las aulas; cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de ser un ejemplo para las futuras generaciones. Nuestras acciones reflejan nuestros valores, y es vital mostrar un compromiso genuino con la construcción de un mundo mejor. Ya sea participando en iniciativas comunitarias, apoyando políticas ambientales o simplemente siendo conscientes de nuestro consumo diario, cada esfuerzo cuenta. El mundo que dejaremos a nuestros hijos y sobrinos depende de las decisiones que tomemos hoy.
Un día, cuando recién estaba saliendo de una cirugía muy fuerte para mí, caminaba de la mano con mis hijas y entendía que no solo son y serán mi bastón de apoyo en la carrera de la vida; también me cuestioné si lo que estoy haciendo ahora es suficiente para generar un buen futuro para ellas, sus primos y, de paso, para sus amiguitos del colegio.
Más allá de la educación, nuestras acciones diarias desempeñan un papel crucial en el tipo de mundo que dejaremos atrás. Es crucial formar mejores seres humanos en el hogar, personas comprometidas e inspiradas en un mañana mejor. La crisis medioambiental es una de las mayores amenazas para las generaciones futuras, y es nuestra responsabilidad tomar medidas hoy para mitigar su impacto, aprendiendo de los errores del pasado.
Podemos fortalecer ciertos temas de alto interés al enseñarlos en casa, asegurándonos de que se conviertan en legados familiares que generen un impacto significativo, como por ejemplo:
- Consumo responsable de agua: Es vital conservar este recurso finito. Pequeñas acciones como reparar fugas, utilizar dispositivos de ahorro de agua y ser conscientes de su uso diario en el hogar y en la escuela pueden preservarlo para las generaciones futuras.
- Apoyo a la reforestación: Participar en proyectos y proteger los bosques existentes es crucial. Los árboles no solo absorben CO2, sino que también mantienen la biodiversidad y ayudan a mitigar el cambio climático.
Cada decisión y acción que tomamos tiene el potencial de crear un impacto duradero. Al centrarnos en la educación y la protección del medio ambiente, podemos asegurar un mundo mejor para nuestros hijos y sobrinos.
Hoy los invito a reflexionar sobre las pequeñas y grandes acciones que podemos tomar para construir un futuro más brillante y sostenible. Porque al final del día, el legado más valioso que podemos dejar es un mundo lleno de oportunidades, salud, educación, bienestar y, sobre todo, vida para las generaciones venideras.
Con cariño,
Jonathan Niño


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