Capítulo II: El Llamado
Autor: S.C. Ruiz

– Nunca había pasado esto, nunca se ha demorado tanto en llegar del colegio, siempre tiene el camino claro y sabe llegar sin retraso alguno.
– Llamemos y preguntemos, si aun esta el colegio y si no, vamos de inmediato a la estación. Nada malo le ha de pasar, se abra ido a donde un compañerito o solo estará en el parque jugando futbol. No nos preocupemos demás, busquémoslo, que el aparecerá.
– Se me va a salir el corazón, no puedo tranquilizarme, no puedo mijo; ese niño es mi vida entera, yo amo ese guámbito tanto como lo amo a sumercé.

La espesura que es tremenda, no siempre es eterna, termina en algún momento y deja ver lo que la clarividencia del camino muestra. Fue para Martin entonces, el coletazo helado de la brisa paramera y del roció de la neblina blanca. Fueron solo pasos corriendo tras las huellas y la cola de un Yaguarundi cobrizo, unos cuantos metros, muchas ramas y musgo, bromelias y hojas, rasguños mínimos y tropiezos aparentes; terminar viendo de frente, una sierra de frailejones y un camino empedrado que empieza en un pequeño enclave circular con piedras talladas, altas como un hombre y que cada una es un rostro, pero no son humanos.
– Un oso de anteojos, un yaguarundi, una danta, un cóndor… Son viejas, se las esta comiendo el moho, la lama en la base y el agua de la niebla las tiene mas blancas de lo normal.
– Pero nunca desaparecerán, serán eternas; ellas siempre estarán, son rostros eternos. Imposibles de olvidar…
Saltando nuevamente subió el camino empedrado entre los frailejones y el verde enrevesado, la niebla se hizo aun mas espesa y le perdió de vista. Pues corrió el felino, como si ya no quisiera ser perseguido. Pero no fue necesario al final nuevamente del camino, que no era mas que seguir pie tras pie las piedras planas en el suelo que eran su única visión clara, termino llevándolo aun mas arriba de lo pensado, mojado levemente en su rostro, en sus labios, en su cabello y en sus ojos negros azabache, vio lo que la luz de un sol frio al despejarle con una brisa helada nuevamente se hizo, en forma de una gran laguna que era espejo del cielo, retratando las nubes como si fueran el mismo en un solo momento. Una laguna que era el centro de muchos picos elevados que estaban tupidos con mas frailejones, si se les miraba muy de cerca, parecían tener rostros alegres con mechones alocados que empezaban siendo verde oscuro y terminaban blancos o en el mejor de los casos, para más imaginario, terminaban con flores amarillas en cada tramo.
Cuando la niebla ceso y la brisa se calmó, no solo vio el cuerpo de agua, sino también que las piedras llevaban a una casucha grande a uno de los costados de la misma laguna, tenia una bella puerta en madera ya gasta y un tanto vieja y las piedras juntas en la base que daban forma a la circular morada, que tiene paja por techo y esta decorada por todo su alrededor con cordones que se entrelazan haciendo bellos banderines con letras tan antiguas como el mismo viento. Rocas talladas por todos lados, haciendo montículos con rostros conocidos en cuentos y en las enciclopedias, todos residentes naturales del páramo, de la montaña, de la selva, de la sabana o del mangle.
– Sumercé chinito ¿Está perdido o su cara de asombro es por algo en especial?
Un hombre alto y de piel trigueña, viejo ya por su rostro que este marcado en la piel como el tiempo en la montaña mas pedregosa, marcado por el gris de sus cabellos, tanto en la barba como el que se nota sale por debajo del sombrero que lleva puesto. Con una gran ruana que le cubre el pecho y esta tejida maravillosamente, de colores tierra y unas cuantas líneas tirando a durazno; con unas alpargatas, su buen pantalón de vestir, con su bastón de palo y con la pipa en la mano; se acomodó entonces los anteojos de plata para verle mejor. De gesto gentil se preocupo por el pequeño y con extrañeza le miraba intentando descifrar, como si fuera posible, la razón de su confundido rostro, de su perdido andar hasta llegar a lo mas alto de un páramo desolado.

– Yo seguí al Yaguarundi, me hablo; sonó como si fueran mis papas y termine acá metido. No corrí tanto ni por mucho tiempo, como para llegar tan lejos. Solo quiero regresar, siento que me perdí, pero también siento, que debo seguir mirando aún más ese espejo.
– Ese vergajo animal es cansón, pero es muy inteligente y sabio, si lo trajo hasta este lado del mundo; es por algo. Venga y siéntese, ahí hay unos troncos luego de la bajadita, ya le llevo un tintico o ¿Prefiere tomarse una aromática para el frio? ¿Le traigo una ruana también si quiere? Le va a quedar grande, pero si le va a quitar el frio.
Asintió con la cabeza, sentándose a ver el agua inmóvil que frente a el se mostraba, recibiendo el tinto y calentándose aun mas con la ruana. Entonces fue ahí que…
– Los tiene que extrañar mucho para estar acá, corriendo detrás de un gato travieso, perdido tan lejos de casa.
– A veces sueño con ellos, pero se fueron hace tanto tiempo, que ya ni sus rostros recuerdo. En dos ocasiones hace poco escuche sus voces y lo mas raro es, que aun cuando no recuerdo como sonaban, sentí que eran ellos, como si me llamaran y en la segunda ocasión que los escuche, estaba el gato, ese Yaguarundi. Por eso lo seguí, porque mi corazón decía que así debía de ser, no por más.
– Cuando el corazón habla, su palabra es ley. Pues nada que no sea verdad, saldrá del corazón y si este habla, será para buscar lo que tanto se anhela y por consiguiente se ama.
Se callaron y solo miraron el agua, se levanto por mero instinto de ser reflejo también y cuando se asomo a los pies de la laguna se vio en el espejo, tan vivido como si fueran dos en ese momento. Y aparecieron entonces, como si llegaran uno a cada lado, padre y madre abrazándolo, quedándose inmóvil del asombro y escucho atento nuevamente al ver mover los labios de su madre que ya había olvidado.

– Debes seguir caminando, aun cuando sientas caer tu cuerpo; nada que no sea eterno se quedara inmóvil, pues quedarse quieto no es mas que estar muerto, no corras entonces. Solo tu corazón al latir sabrá decirte lo que es verdadero.
Derramando lagrimas sobre el agua, turbio las aguas y al volver a quedarse quietas dejo de sentirles a su lado y solo vio a un enorme Oso de Anteojos que se había parado a su lado, que se para en dos patas y gruñe feroz, que le pega con fuerza y lo manda lejos, haciéndole caer en el agua de la laguna y dejándole en negro, como si el agua le tragara y se quedara sin fuerzas, tan solo vio su vida, en los ojos de su madre y su padre. Pasaron los minutos, no fue entonces que una mano le tomo de la espalda y le tiro, sacándole del agua y nuevamente, el sol que todo despierta, en un rostro se encontró…

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