LA VEJEZ NOS PERTENECE A TODOS

Por: Miriam Ureña

Envejecer es un privilegio que en la sociedad se ha convertido en un estigma. Cada día que pasa, nuestras experiencias se acumulan en nuestro cuerpo y nuestra mente, pero en lugar de ser valoradas, son vistas como un peso. Como mujer que ha cruzado el umbral de los sesenta, siento en carne propia las miradas de indiferencia y los susurros de lástima. ¿Por qué la vejez se ha transformado en un sinónimo de inutilidad y vergüenza?

La realidad de muchas mujeres mayores es la de convertirse en un estorbo para sus familias. El cariño que alguna vez fue abundante, ahora se diluye en la prisa de la vida moderna. Nos dicen que nos sentemos, que no hagamos tanto esfuerzo, que descansemos. Pero, ¿acaso no tenemos el derecho de vivir nuestras vidas con plenitud hasta el último suspiro? Nos empujan a la periferia de la existencia, relegadas a observar cómo la vida sigue su curso sin nosotras.

La sociedad nos excluye, nos ve como sombras de lo que alguna vez fuimos. Pero, ¿qué ven realmente cuando nos miran? Ven nuestras canas, nuestras arrugas, nuestros cuerpos que han cambiado con el tiempo. Ven los signos de una vida vivida y, sin embargo, los interpretan como señales de decadencia. Nos llaman “viejas”, un término que ha sido cargado de negatividad y desdén, en lugar de ser un título de sabiduría y experiencia.

Las arrugas no son malas. Son las huellas de nuestras sonrisas, de nuestras lágrimas, de nuestras preocupaciones y nuestras alegrías. Cada línea cuenta una historia, cada surco es un testimonio de nuestra resiliencia. Las canas son una corona de plata, un reflejo de la vida que hemos vivido. Sin embargo, la presión para ocultarlas es inmensa. Nos bombardean con productos que prometen borrar el tiempo de nuestros rostros, como si fuera algo que debemos lamentar en lugar de celebrar.

Como mujeres, deberíamos tener la libertad de vivir con nuestras canas al viento, de mostrar nuestros cuerpos con amor y orgullo. Hemos sido fuertes, hemos luchado, hemos amado intensamente. ¿Por qué deberíamos esconder lo que somos? La vejez no es un enemigo, es una etapa natural de la vida, una fase que todos, si tenemos suerte, alcanzaremos.

Es crucial que empecemos a pensar en cómo queremos vivir nuestra vejez. ¿Queremos ser marginados por nuestros hijos, por nuestras familias, por la sociedad? ¿Queremos ser vistas como una carga o como seres llenos de historia y sabiduría? La respuesta debe ser clara. Debemos luchar por un futuro donde la vejez no sea una etapa de aislamiento, sino una continuación de una vida vibrante.

La sociedad tiene que cambiar su perspectiva. Necesitamos ser vistas, escuchadas y valoradas. No más silenciarnos, no más empujarnos a las sombras. La vejez es parte de todos nosotros. Es una etapa que puede y debe ser vivida con dignidad y alegría. Debemos comernos el mundo, a cualquier edad, y exigir el respeto y la admiración que merecemos.

Este es un llamado a todas las mujeres: celebraremos nuestra vejez. Vivamos con amor, con compasión y con una valentía feroz. Mostremos al mundo que nuestras arrugas son medallas de honor y que nuestras canas son reflejos de la luz que llevamos dentro. La vejez nos pertenece a todos, y es hora de que la abracemos con todo nuestro ser.


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