Cuento Corto: EL VIENTO ME LLAMA

Capítulo I: El Mensaje

Autor: S.C. Ruiz

Fotografía autoría de: Layane Guimarães @layanerg_

– Yo nunca pude decir adiós, yo nunca tuve opción de decirles cuanto los amaba y de cuanto los extrañaría ¿Por qué ya ni de sus rostros me acuerdo? Si quiera una foto me quedo para recordarlos, para llorarlos como debe ser, tan solo me imagino sus expresiones, sus sonrisas; hasta de sus voces me he olvidado, de sus caricias y pechiches.

– Siempre podrás recordarlos, siempre estarán en ti, en tu corazón; al dormir, en tus sueños estarán para saludarte, en tus plegarias y en tus felicidades. Ellos siempre te han de acompañar, por mas distantes que los recuerdos parezcan estar. Tu eres ellos, tu carne y tus huesos, tu sangre y tus anhelos; ellos viven en ti, para que seas el mañana.

Ser lamento, eso pensó con lagrimas en los ojos entonces, viéndose desvanecer perdido entre imaginarios que ya no saben si son propios o son ficciones de una necesidad de ser hijo. Que las manos viejas y cariñosas de una abuela que le toman mientras le sirven el chocolate caliente, con queso derretido y un buñuelo tibio para alegrar el corazón. Una sonrisa pequeña que hace brillar un par de ojos adoloridos, como si el olvido se apoderara de las ropas que le visten aquella mañana fría en lo profundo de la hacienda en que lo espera recoger los huevos, las naranjas, los bananos y si alcanza a cortar el maíz de grano grueso; que ya es temporada y se vende por buen precio en el mercado.

Trabaja y trabaja, todos los fines de semana, sintiendo la machetilla del Nono Pablo dar en los matorrales y el olor del agua mientras le da de beber a las matas; recogiendo los aguacates con sus inventos de ganchos y cuerdas, para que no se dañe la fruta para el almuerzo y si alcanza, para venderlos. Con sus ojos de ruiseñor, es un profesional contando historias, pero no toda historia puede salvar un corazón. Entre sus mañanas de semana metido en un salón de clase, mira las calles del pueblo, sintiéndose distante y pensando como encontrarse, pensando si buscarlos será recuerdo o se encontrara en medio de ellos, aun cuando ha pasado ya tanto tiempo, pues ahora tiene quince. En su momento, tan solo tenía cinco. Poco o nada se acuerda de quienes eran los que le miraban en medio de un resplandor con voz de mujer como si fuera madre, para luego escuchar la voz de un hombre, como si fuera padre.

Pasaban los días, las semanas y los meses; las preguntas se acumulaban en su ser. Como un nudo que es cada vez más difícil de desenredar, que no tiene inicio ni tiene final. Repetía su nombre, con apellidos en medio de la noche, susurrando en su soledad acostado ya esperando dormirse olvidando su pensar. Viendo a sus nonos se llenaba de amor cada mañana, pero aun así se sentía incompleto, le faltaban piezas al rompecabezas al álbum de su cabeza, de su corazón y de su sentir como hombre que es niño. Pero aun cuando era así, no se sentía del todo perdido, leyendo las cartas de su taita a su madre de cuando eran jóvenes aun, en donde le dedicaba palabras de amor; sentía que los libros que leía eran un bálsamo, que las canciones eran un sueño, que las películas en el cinema viejo eran magia por tantos colores. Tratando de vivir sin muchas preguntas…

– Las lagrimas curan solo cuando esas lagrimas saben a verdad, de resto, tan solo son lagrimas llenas de tristeza, de dolor o de confusión…

Como si el viento hablara o la noche se hubiera hecho persona, como si la nada de repente le hubiese dado ganas de consolar a los que lloran. Se desespero asustado, pues sintió la voz en su propio odio cerca, pero no había nadie con él; estaba en la soledad apacible de su cuarto. Lo único que escucho fue un extraño sonido, como si fuera un maullido y unas pequeñas pisadas como si unas garras se fijaran en las tejas. Pensó que era un espanto acompañado de un gato que perseguía a una desafortunada alimaña, debían de andar en el techo, una buscando comida o buscando donde dormir sin que se lo cenaran y la otra buscando que cenar o con que jugar. Pasaron los días y de camino a la hacienda, por el camino de siempre que esta rodeado de parcelas con vacas o cultivos de papa y fresa, lo vio parado como una esfinge, tan raro como el oro, un Yaguarundi que le miraba en seco desde toda la mitad del camino. Frio y quieto se quedó viéndolo inmóvil, pues las viejas lenguas siempre dicen que es un gato fiero, que es raro y que consigo trae noticias de un futuro que ni es malo ni es bueno, tan solo incierto, como las cartas de las gitanas o las maldiciones de los indios de la sierra.

– Nada es lo que parece ser, todo tiene respuesta; solo se debe saber buscar, solo es de mirar bien. Pues todo siempre esta a la vista, frente a nuestras propias narices…

El viento pronuncio palabras, sin saber que hacer solo sintiendo las gotas frías que le recorren el cuello bajando lento, como un presagio que no tiene sabor ni rostro; la única forma que toman es la de la angustia y el miedo.

– No hay que temer, no hay porque preocuparse; Martin el Aventurero. Yo solo traigo mensajes, solo te busco en medio de los lamentos. Sígueme, sígueme. Ven conmigo que el mañana no es más que aquello que soñamos encontrar…

Se perdió entre los matorrales de la montaña y detrás del gato silvestre se fue Martin el Aventurero, corriendo tras el Yaguarundi, como si la esperanza fuera ahora esas cuatro patas con larga cola y pelaje cobrizo. Se metió entre las matas frondosas siguiéndolo por las patas que dejaba marcadas en el suelo; esperando ver, esperando encontrar lo que no sabía que necesitaba hallar.

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