REFLEXIONES DE UNA PROFESORA RURAL

Por: Miriam Ureña

Soy Miriam Ureña, maestra normalista, y aunque hace tiempo dejé de ejercer, aún recuerdo con cariño y nostalgia los días en que recorría senderos, cruzaba ríos y atravesaba fincas para llegar a la escuelita rural donde enseñaba a niños que, con el tiempo, se convirtieron en mis hijos del corazón. Mi jornada no era sencilla, pero estaba llena de gratificaciones que solo aquellos que aman profundamente la educación pueden entender.

La educación rural es una vocación que te exige el alma entera. Sin internet, sin tecnología y con recursos limitados, la creatividad se convierte en nuestra mejor aliada. Aprendí a enseñar con lo que la naturaleza me ofrecía: hojas, piedras, ramas, y lo más valioso, mi voz y mi entusiasmo. Recuerdo los días en los que, con un solo libro para veinte estudiantes, cada lección se transformaba en un acto de ingenio. Las caminatas largas no eran solo un reto físico, sino también una oportunidad para conectar con la vida de mis estudiantes, conocer sus sueños y entender sus desafíos.

Mis alumnos recorrían grandes extensiones de tierra, cruzaban ríos y senderos, enfrentando todo tipo de adversidades para llegar a la escuela. Estos niños, con su inmensa curiosidad y ganas de aprender, me enseñaron cada día que, a pesar de las dificultades, el deseo de conocimiento es una fuerza imparable. No importaba la escasez de recursos, ellos siempre estaban listos para absorber todo lo que les podía ofrecer. Y es en esos momentos, viendo sus ojos brillantes y atentos, cuando me daba cuenta de que mi trabajo tenía un valor incalculable.

En la comunidad, no se consideraba que fuéramos pobres, pero es indudable que enfrentábamos retos importantes. Las carencias materiales no nos definían; nos definía nuestra capacidad de sobreponernos a ellas. Ser maestra rural era más que una profesión; era ser una segunda mamá, una guía y un apoyo incondicional. Cada día, compartía no solo conocimientos académicos, sino también lecciones de vida, resiliencia y esperanza.

En épocas difíciles, como durante la violencia que azotó nuestras tierras, la escuela era un refugio. No sabíamos quiénes eran los padres de nuestros estudiantes, pero eso no impedía que brindáramos el mejor aprendizaje posible. Con un solo libro, la enseñanza se volvía un acto de solidaridad y colaboración. Cada clase era una oportunidad para fortalecer el espíritu de comunidad y alimentar el amor por el conocimiento.

Recuerdo con cariño los regalos que recibía de mis alumnos y sus familias: frutas frescas, verduras y, en ocasiones, animales. Estos obsequios no eran solo un gesto de agradecimiento, sino también un símbolo de la profunda conexión que teníamos. En medio de la escasez, estos detalles reflejaban la abundancia de amor y respeto que compartíamos.

No tener señal de internet era un desafío constante, pero también una bendición disfrazada. Sin la distracción de la tecnología, aprendimos a valorar el poder de los libros, las historias contadas y la imaginación. Mis estudiantes no podían buscar respuestas en Google, pero juntos descubríamos el mundo a través de la exploración y la curiosidad.

Ser maestra rural fue una aventura maravillosa, llena de desafíos y momentos inolvidables. Es un reto que solo aquellos con verdadera pasión por la enseñanza pueden abrazar. Para mí, no hubo nada más gratificante que ver a mis alumnos superar obstáculos, crecer y florecer. Cada uno de ellos lleva consigo una parte de mi corazón y mi esperanza.

La educación rural no es para todos, pero para quienes la eligen con amor y dedicación, es una experiencia transformadora y hermosa. Estos niños, con sus risas y preguntas, llenaban mi vida de sentido y propósito. A todos los que consideran esta noble profesión, les digo: si la pasión por enseñar arde en su corazón, la educación rural les dará las mayores satisfacciones y les enseñará que, a pesar de todo, siempre se puede aprender y crecer juntos. Hoy, aunque ya no estoy en las aulas, los recuerdos de esos años siguen iluminando mi vida con una luz especial.


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