CRONOLOGÍA DE UN CAÑICULTOR

Por: Jeny Tatiana Bautista Cepeda.

Este es un homenaje a los campesinos de mi tierra, de la región del Sarare, el piedemonte llanero y la frontera colombo-venezolana, quienes día a día se levantan a trabajar en sus cultivos, cosechando prosperidad para los pueblos y las grandes ciudades.

Carta N.º 30 a mi Papá.

-LA MOLIENDA-

Gibraltar, 20°C, 3:30 a.m… Suena la alarma de un pequeño y destartalado Nokia, se levanta con afán mi papá; don Salomón Bautista. Alista las botas pantaneras, el pañuelo rojo, su pimpina de guarapo, «la Morenita» le dice él, se toma un café, dos arepas de maíz pa’l lonche, una bendición, y emprende el camino real.

Junto a Brandom, el perro fiel, caminan hacia el trapiche, el santuario donde se realizará la molienda. Dos cargas gigantes de caña criolla dulce y amarilla lo esperan listas para danzar al compás del viejo motor.

Llega don Salomón, prende el radio, dos golpecitos y le acomoda la antena, se toma su totumada de guarapo cerrerito, dice él… y empieza, señores y señoras, a retumbar ese trapiche como orquesta de feria. Un carnaval se ensambla entre las «Mañanitas Campesinas» de la 99.1 FM Stereo y la guaya que gira… Mientras asoma el sol por el cerro, se va amontonando el bagazo y, de golpe en golpe y caña y caña, al tanteo, se muelen en el viejo trapiche una por una. Se oyen los jugos de la caña que se filtran por el engranaje del trapiche, el «manjar de los dioses» como dice don Salomón, como un arroyuelo dulce lleno de vida se «entimba» y se lleva a las pailas, listo para ser melado.

Sale por la chimenea el aroma de caña y miel, se van montando las gaberas para moldear a las Morenitas, con la esperanza de que salgan bonitas pa’ que se vendan todas. Cuando don Salomón le atina a la melcocha «arranca muelas» ordena pasarla a la paila batidora, y se bate como si no tuviera fin, hasta que el melao agarre color y el obrero también. Cuando los pringues bajan, se vierte en los moldes el delicioso melao hasta que reposa. Es así como el patrón va descansando el afán, mi viejo se busca una totumada de guarapo mientras las abejas le hacen coro, parece que se hacen buenos amigos, es que son tan parecidos…. con mi mamá y mi hermano recogemos las boronas y con un pedacito de cuajada prensada se van degustando. La temperatura baja y se empiezan a pulir las panelitas, y una por una se embolsan en arrobas listas para comercializar. Empacadas las panelas y después de hacer unas cuantas cuentas, llega el descanso. En una ronda, todos los obreros, cada uno con su totuma y su pimpina, comparten el guarapo, y como finos catadores lo degustan a medida que van contando historias, anécdotas y hazañas de la molienda y de sus vidas. Nunca falta el despechado, tampoco falta el enamorado, los protagonistas de una que otra copla, cantan canciones de carranga y una que otra llanera. Ya ese es el punto en que uno sabe que el guarapo cumple con lo suyo y es así como cada uno en su entone busca su rumbo pal rancho.

Y les cuento que es así como don Salomón, a las 9:30 p.m., un día de molienda, llega a su casa con Brandom al pie, el pañuelo arijao, su pimpina de guarapo vacía y los cachetes chapiaos, cansado, con la satisfacción de ver que su cañita, después de 8 meses de verla crecer y de haberla cuidado, se ha convertido en panela de calidad, regalando en cada una de ellas un toque de dulce puro a cada consumidor, haciendo que el trajín de la molienda le reconozca unos «riales» a cambio de prosperidad, amor y trabajo para muchos cañicultores y familias campesinas del Sarare, el piedemonte llanero y la frontera colombo-venezolana. P. D.: Papá, extraño el aroma de panela en el trapiche, la aguapanelita llena de vida, la paz de los cañales que danzan al ritmo de la brisa lluviosa de mayo. Gracias por el trabajo de tus santas manos.

Fotografía tomada por la autora

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