La mentalidad decadente de la prensa colombiana

Por: Ramón Ruiz

¿Puede haber en el mundo algo más despreciable que la elocuencia de un hombre que no dice la verdad?

Thomas Carlyle

Inculta, desinformada, falta de sindéresis, parroquial y mezquina, la prensa colombiana ha venido pavimentando el camino de lo que significa arrasar con la trascendental idea de informar y razonar bien. Si los medios han tenido alguna responsabilidad en lo que somos y hemos sido (de hecho sí) como país, nos encontramos frente a un monstruo de muchas cabezas y tentáculos que ha logrado abrazar a buena parte de la población y arrastrarla a sus formas erráticas en su método de analizar los hechos de un país que merece ser comprendido en muchos aspectos. Sin duda, la opinión de muchos colombianos ha sido moldeada por la sutil saña de medios como Blu radio, Semana, RCN y Caracol, El Colombiano y los demás que ya buena parte de la población y afortunadamente, identifica como máquinas de falsedades e imprecisiones malintencionadas. Esta prensa, autoseñalada ya, ha venido arreciando y mostrando su verdadera cara en los últimos meses. Fue necesario que en este país existiera un gobierno adverso a sus afectos, a su soborno y a su manipulación para que mostrara, a través de sus fisuras mal reparadas, el verdadero tamaño de su ponzoña. Nunca antes, y a pesar de su dudosa historia, la prensa colombiana había caído tan bajo.

Una población que, digámoslo de algún modo, no carecería del talento básico  para evaluar los hechos nacionales, pero que razona mal, encuentra en las emisiones periodísticas un platillo delicioso para su deleite parroquial de barriada, a los que estos  brindan  unas herramientas verbales para interpretar equivocadamente, alimentar y perfeccionar su estrategia de arremeter contra lo que no entienden, contra lo que no conocen, contra lo que no logran comprender, contra lo que no han leído o simplemente contra lo que consideran que no debe existir porque no.

La mentalidad montañera de periodistas que consideran que viajar al extranjero, comer en un buen restaurante, vestir con ropa de marca, o tomarse un buen vino, es un gusto que alguien de izquierda no puede darse porque debe arrastrarse en el fango de la pobreza que ellos miran desde lejos para sentirse superiores en amigos, en posiciones y en palabras. ¿Qué les dicta su fuero interno?  Ese es el concepto que estos malos vástagos de sus universidades, nacidos de la altivez y el apetito por ser gente de clase, han logrado incubar en la gente desorientada que quizás no tiene algún cercano sensato que les hable al oído. Si es verdad que en este país existe un estado de opinión, basta oírlos y leerlos para darse cuenta de que la tendencia de estos medios es incitar a los ciudadanos a que se conviertan en reporteros del desprestigio del otro.  En esto han convertido el estado de opinión de este país, estos “medios” que cada vez más inclinan su balanza al despeñadero, hábiles maestros de una mentalidad que los delata. Su mayor logro, durante este gobierno, ha sido brillar entre el fango de sus calumnias y descalificaciones para una población maleducada y mal educada. Tienen a este país sumido en un pozo profundo de maledicencia que les complace además de sus ocultas satisfacciones. Por esto, parece ser que la prensa colombiana no es de izquierda ni de derecha sino de estrecha.

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