Por: Hazzam Gallego

En la arena política, los alcaldes y concejales son constantemente interpelados por la ciudadanía, quienes demandan resultados tangibles, mejoras palpables en su entorno inmediato. Sin embargo, ¿qué sucede con aquellos que ostentan cargos en la Asamblea Departamental? ¿Dónde queda su papel de control sobre las políticas del gobernador y los secretarios departamentales? Es una interrogante que, lamentablemente, ha sido relegada al silencio ensordecedor.
En Norte de Santander, un escenario desolador se manifiesta: el mutismo absoluto de los diputados frente a decisiones cruciales emanadas desde la Gobernación. Proyectos como el Faro del Catatumbo o la vital vía del Tarrita quedan expuestos a la opacidad de una gestión sin contrapesos. La seguridad del departamento y la infraestructura vial languidecen bajo la sombra de una inacción inexplicable.
Es desconcertante constatar que, entre los trece diputados que conforman la Asamblea, ninguno haya levantado la voz en oposición a las políticas gubernamentales. Pareciera que el gobernador William Villamizar ha tejido un manto de silencio que paraliza cualquier atisbo de disidencia. ¿Cómo es posible que siete diputados, recién llegados con el frescor de la renovación, se hayan visto compelidos a postrarse ante el poder establecido?
La llegada de figuras como Laury Bladimar Sánchez, Diego Fernando Acevedo, Isabel Torrado, Luis Ariel Rodríguez, Edgar Pallares, Eugenio Rangel y Diego González prometía una bocanada de aire fresco en la Asamblea. Sin embargo, la realidad les ha llevado a un callejón sin salida, donde las voces disonantes son acalladas por la maquinaria política del gobernador.
Resulta evidente que el control ejercido por Villamizar ha despojado a los diputados de su razón de ser. ¿Qué queda entonces de la democracia representativa cuando aquellos encargados de velar por los intereses de la ciudadanía permanecen silentes ante el abuso de poder? Los mismos clanes políticos, encabezados por figuras como Edgar Díaz, Ciro Rodríguez y Wilmer Carrillo, dictan el compás al que los diputados deben bailar.
La sumisión de los partidos tradicionales ante el mandato del gobernador es un síntoma alarmante de la erosión democrática en Norte de Santander. Y lo que es peor aún, la tendencia electoral hacia estas fuerzas políticas añejas refuerza este círculo vicioso. La presencia arraigada en la región de partidos como el Liberal y el Conservador solo consolida la falta de diversidad ideológica y la escasez de alternativas políticas.
Incluso con la llegada de cuatro mujeres a la Asamblea, el panorama no cambia sustancialmente. Aunque Isabel Torrado y Laury Bladimar Sánchez planteen agendas prometedoras, la realidad es que el poder omnímodo del gobernador sigue eclipsando cualquier intento de disidencia constructiva.

El grito de Diego González, anunciando una oposición crítica, queda sepultado bajo el peso abrumador de un sistema que privilegia la sumisión sobre el debate. La falta de contrapesos al poder gubernamental augura un futuro sombrío para Norte de Santander.
¿Qué ha sucedido con el Diego que enarbolaba la bandera de la oposición durante su campaña electoral? ¿Acaso se ha doblegado ante el mismo poder al que alguna vez se enfrentó? Resulta desolador constatar cómo quien antes se erigía como una alternativa se ha sumido en el mutismo cómplice, agitando la cabeza cual perrito de taxi frente a las decisiones departamentales.
¿Se ha vendido? ¿Se ha entregado de forma gratuita a los pies del poder que una vez desafió? ¿O acaso su silencio responde a un cálculo político para preservar su propio bastión de poder en la alcaldía de Los Patios? Las preguntas quedan suspendidas en el aire, sin respuestas contundentes.

El Diego que prometía ser el contrapunto al gobierno de William Villamizar hoy parece desdibujado, diluido en la maraña de intereses políticos que caracteriza la escena departamental. Su falta de oposición, su apacible conformismo, contrasta con la retórica desafiante que alguna vez lo caracterizó.
Quizás, en este escenario de silencio y sumisión, Diego González sea solo un recordatorio amargo de las promesas incumplidas y las esperanzas traicionadas. Mientras tanto, su silueta se desvanece en la penumbra de la indiferencia, dejando en su estela la pregunta persistente: ¿dónde está el Diego que alguna vez soñamos?
Mientras los diputados permanezcan en el letargo de la complacencia, el departamento seguirá desangrándose financieramente y hundiéndose en la desigualdad crónica que lo aqueja.

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