Autor: S.C. Ruiz

Paseaba por las calles del pueblo vendiendo el café en las plazas, el joven Lorenzo Portilla; con su sonrisa alegrando la vida, iba y venía entre los mostradores. De familia campesina, por generaciones marcó la tierra entre sus manos y siempre dispuesto a oler a la molienda como a la humareda del café, con sombrero de caña y sus alpargatas. Vivía para soñar que su guitarra sería acompañada de un acordeón y de un cajón, dando parrandas a las memorias de las mujeres que son invento y de los daños al corazón, que a su corta edad son solo imaginarios de otros que son en sus cuentos. Vendiendo el café por las mañanas bien temprano cuando recién salía el sol acompañado de dos burros, que por nombre llevan Rafael y Francisco. Para luego de haber trabajado en las tardes antes de volver al plantel a entregar el producido a su madre, se la pasaba cantando frente a la iglesia en la Plaza Mayor. Lorenzo Portilla vivía bailando y cantando, con su olor a café entre las manos; hasta aquella noche del 19 de septiembre de 1973, donde un perro blanco como los huesos y de ojos azules como el cielo, apareció entre sus cafetales, aullándole a la luna y mordiendo desde la raíz los cultivos.
Su padre y su madre, poco les importó lo que sucedió aquella noche, pero el perro no solo estuvo esa noche en la hacienda de los Portilla, sino también en la hacienda de los Carmelo, los Borja, los Rodríguez, los Domingo y los Ramírez. Solo pasó una semana, para que todo estuviera cubierto de roya; el café dejó de oler entre las sierras copiadas de puntos rojos y de hojas verdes puntuadas como onduladas. Lorenzo soñó y soñó, en sueños entonces apareció una dama de cortos cabellos que se bañaba en unas aguas cristalinas y le puso por duelo que lo enamorara con tres sones y entonces le daría la cura para los males que corrían plagando los cultivos. Lorenzo no prestó atención a sus sueños, dejó la guitarra de lado y no volvió a tocar, viendo las semanas ser cada vez peores, ver a los trenes irse sin café, las plazas llenas de fantasmas hablando del fin de los tiempos; entonces entre las esquinas y las paradas de la flota, en los recovecos de la trocha, la empezó a ver, sonriendo y saltando, le susurraba y le saludaba.
La Dama de Cabellos Cortos se le aparecía por todo el pueblo. Lorenzo se asustó, pero también empezó a dudar de su realidad, empezó a seguirla, ella le dibujaba retratos entre las hojas de los árboles que se deshojan, con notas le decía que lo único que lo salvaría sería su voz, sus canciones, su guitarra y su amor. Hasta que una mañana, viendo la desesperación de todos, se decidió a volver a cantar; con guitarra en mano hizo tres canciones como le pidió la hermosa dama de sus sueños. Habiendo terminado sus canciones, una noche antes de emprender la búsqueda de las aguas donde vive la dama de agua; esa misma noche la volvió a soñar y ella en sueños le llevó de la mano desde la puerta de su casa, hasta las puertas de un hermoso riachuelo, que subiendo por la montaña se convertía en cascada rodeada de orquídeas blancas y guacamayas cantoras.
Lorenzo despertó temprano aquel 19 de octubre de 1973, con guitarra armada, fue a emprender el viaje que ya había realizado dormido; horas demoró caminando, pero el viento le susurraba con la voz de la hermosa dama que estaba cerca. Hasta las puertas de la cascada, subiendo por la montaña a un costado de las cristalinas aguas de un riachuelo que se convertían en cascada. Escuchó a las guacamayas cantar hasta el cansancio, pero a diferencia de sus sueños o de sus días en las plazas; la dama no aparecía.
Se sentó en una piedra muy grande y verde, se dispuso a cantar sus tres canciones, habiendo tocado las cuerdas de la guitarra el silencio fue montuno, la tonada fue melosa; describían a la hermosa Dama de Cabellos Cortos que jugaba a las escondidas, que pintaba en las hojas, que susurraba palabras al viento, que se bañaba entre aguas de cristal. Como si Lorenzo estuviera enamorado, cantando y cantando. Al terminar de cantar, todas las orquídeas que en sueños estaban, florecieron de nuevo, se pintaron de amarillo y brillaron al cielo, sin darse cuenta el viento se transformó en su musa, que con una sonrisa se acercó y le besó tímidamente, le dijo que había salvado con su corazón a todos los que se habían olvidado de que la vida son tres canciones. Desde entonces, Lorenzo nunca dejó de cantar, rodeó su hacienda con orquídeas amarillas y se enamoró de una Dama de Cabellos Cortos que jugaba entre las montañas, bañándose en aguas de cristal, cantándole vallenatos y cumbias con olor a café.

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