AÑORANZAS DEL CATATUMBO (CASA DEL TRUENO)

Por: Florentino Ariza

Conocí la subregión del Catatumbo, hace más de cuatro décadas cuando no operaban en su territorio los grupos armados, no existían, ni siquiera en la mente de sus habitantes, los cultivos de coca, la minería ilegal, el hurto de hidrocarburos para procesar lo que hoy llaman “el pategrillo”, la compra venta de carros y motos hurtadas, el contrabando de gasolina, la extorsión, el secuestro, los homicidios, las masacres, los ataques a los líderes (as) sociales, la destrucción del medio ambiente, la contaminación y disminución del caudal de sus ríos y de la pesca como sustento de la dieta alimentaria, la muerte permanente de soldados, policías y guerrilleros, todos hijos de un mismo pueblo y el reclutamiento forzado de niños niñas y adolescentes para una guerra fratricida y absurda, que como dijera el premier británico Winston Churchill en la segunda guerra mundial “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

Recuerdo con profunda nostalgia esa tierra bendita donde vivía un campesino noble, trabajador, con vocación agrícola, que criaba en los patios de su parcela, gallinas, piscos, patos, cabros, cerdos, vacas, se proveía en su propio feudo de huevos criollos, leche y queso; que cosechaba yuca, plátano, maíz, fríjol, cacao, café, caña, pastos y que, por lo tanto, generaba buena parte de la comida para la familia y para la cría de sus animales. En varias ocasiones me extasié viendo los pavos reales mostrando todo el esplendor de su cola y en mi sobrestimada importancia llegué a pensar que era un ritual de bienvenida a este servidor, pero el anfitrión me baja de esa nube al contarme que estos preciosos animales utilizan su cola en rituales de apareamiento y por eso la abren en forma de un abanico multicolor y cuentan los campesinos que las hembras eligen a su pareja con base en el tamaño y color de esa espectacular cola.

Era encantador llegar a una humilde y cálida vivienda campesina y saludar a ese campesino (a) desprevenido, espontáneo, sincero y entrar a su cocina para disfrutar de la generosidad de esa familia al invitarte a degustar un delicioso sancocho de gallina campesina o gallina criolla, que no necesitaba ningún condimento porque su caldo contenía todo el sabor del campo y acompañado de plátano chocheco y yuca era de esas delicias que hoy no puedes encontrar en ningún restaurante de ciudad.

Recuerdo una noche cálida en el Catatumbo, en la vereda barrancas, con luna llena y en medio de los sonidos de grillos y cantos de las chicharras, nos adentramos con una canoa y una atarraya en el caudaloso rio Catatumbo con dos campesinos, con solo 4 lanzamientos sacamos 30 grandes pescados entre bocachicos y manamanas, para luego preparar un suculento desayuno de pescado fresco y plátano, fue una experiencia maravillosa en un territorio en el cual abundaba la comida, la tranquilidad, la solidaridad, la generosidad, la cooperación espontánea entre vecinos para el arreglo de los caminos de herradura, pues se hacía una olla comunitaria y hombres, mujeres y niños ayudaban y todos comían de la misma olla hasta dejar el camino en condiciones de transitar fuera a pie o lomo de mula.

En ese entonces en la mayoría de las veredas no había energía eléctrica y por ello el campesino se acostaba muy temprano, pero cuando había visitas como la nuestra, nos la arreglábamos con velas, con mechones a base de petróleo o con la luz de la luna, para quedarnos un rato escuchando historias del campo. Casi no había una zona donde no hubiese historias de espíritus de personas que dejaban deudas, gente que desanda sus pasos al momento de morir, almas en pena como la de la llorona, alumbramiento de múcuras (tesoros sepultados por personas ya fallecidas y que solo podían ser avistadas el viernes santo a media noche). De verdad era deliciosos escuchar a esos abuelos y abuelas del campo como contaban todas esas fantásticas historias con tal convencimiento que a veces producían algo de escalofríos.

Guardo en mi corazón la esperanza, no de volver al pasado porque es imposible, pero si de ver un Catatumbo floreciente, sin violencia, sin coca ni pategrillo, sin vendettas ni guerras fratricidas, donde se recobre la vocación campesina y lo convirtamos en una potente despensa agrícola para Colombia y el Mundo, donde se recupere el bosque sagrado como un pulmón que nos ayude a combatir el cambio climático, donde los peces vuelvan a abundar en los ríos, la solidaridad, la  generosidad, la bondad y la nobleza de campesinos y campesinas sean el abrazo que se da al vecino y al visitante y, lo digo porque creo en la gente buena de esta subregión, en la belleza y grandeza de esta Casa del Trueno que un día debemos recuperar entre todos y todas. 

Imágenes del rio Catatumbo

                                

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