ÉRASE UNA VEZ EL AMOR PERO TUVE QUE MATARLO

Por: Mónica García

Es el título de una novela del autor colombiano Efraim Medina Reyes que pareciera resumir la vida de muchos, y es que todos, de alguna manera, hemos tenido que matar el amor –obviamente no de manera física-, para poder seguir; de eso se tratan los duelos.

La vida es un duelo constante porque cada día perdemos algo: la infancia, ese periodo ingenuo y feliz que pasa tan rápido; la juventud, que se escapa hasta a los jóvenes; los amigos y amores que se quedaron en el camino, y los seres amados que partieron.

Tuvimos que matar el amor cuando el otro decidió irse o la muerte le tocó; debimos hacerlo para salvaguardar nuestra vida o nuestro bienestar psicológico cuando ese amor nos maltrataba o nos engañaba; tuvimos que matar muchas veces lo que sentíamos, arrancarlo de nosotros (como cuando retiramos las puyitas que se nos pegan al pantalón en el campo) porque nos quedamos solos amando, aunque de una manera no tan simple ni tan rápida y muy, pero muy dolorosamente.

Impregnada de Marie Curie porque acabo de leer un libro hermoso sobre ella (La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero), que más que abordar su trayectoria científica muestra un amor descomunal por su esposo y compañero de carrera Pierre, pero también retrata esa pasión que guio su vida y no estaba ligada únicamente a otras personas, sino que era una lucha por ir más allá de lo que su realidad le quería dictar lo que se impuso como misión; la narración de los hechos que marcaron la infancia de Marie, el amor de la pareja y la muerte trágica de Pierre nos permite entender que fue esa pasión, además del amor y la comprensión de su esposo (su manera de tratarla como una igual intelectual, algo impensable para la época) lo que le permitió florecer como persona y mujer de ciencia y los llevó a descubrir un elemento que consideraban milagroso –por eso durante mucho tiempo llevaban un frasquito en el que guardaban una pequeña muestra, como una especie de amuleto mágico-: el radio.

Me inspiró un amor que, aunque en menor medida reflejaba las desigualdades sociales  y de género de la época –pues era ella quien tenía la mayor carga de lo doméstico y el cuidado de las hijas-, pero aun así no era sumiso ni incondicional y le permitió realizarse profesionalmente; y pensé en las personas a quienes amé y me amaron (algunas también se fueron demasiado pronto), que mientras estuvieron a mi lado me permitieron resistir el mundo y encontrar mi lugar en este camino hasta llegar a ser esta que soy ahora: una que por fin se acepta y no espera que la felicidad le venga de otros lugares.

Porque es el amor de otros el que hace que nos amemos, pero ese otro o su amor pueden desaparecer (como en la canción Los dinosaurios, de Charly García) y es ahí cuando es fundamental amarnos, amar lo que somos y todo aquello que deseamos y por lo que queremos luchar.

Es solamente ese amor propio lo que nos puede sostener en este mundo.

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