UNA CITA EN CHERNOBYL

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Espérame en Chernóbyl,
en aquel rincón de la estepa ucraniana
donde el diablo fijo su residencia permanente
y dormita apaciblemente bajo la nieve cada invierno.
Espérame en aquella rueda de la fortuna
que una noche (la noche del fin del mundo)
jamás volverá a saber
de amantes tomados de la mano
sintiéndose más cerca de las estrellas.
Encuéntrame entre sus árboles,
testigos mudos del recorrido eterno
de las partículas alfa, beta y gamma
que, como ángeles exterminadores,
silenciaron por siempre
vidas,
sueños
y sonrisas.
Toma mi mano y caminemos juntos
por las calles de Chernóbyl,
calles que una vez conocieron el futuro
y por donde hoy la soledad y la muerte
transitan a sus anchas…
Muéstrame el reactor nuclear,
muéstrame ese lugar clandestino
al que muchos héroes fueron llevados una mañana
sin saberlo
a la eternidad,
en un intento desesperado
por silenciar cada mortífero latido
del (ahora) corazón del infierno.
Invítame a un vodka
en algún bar de Chernóbyl
y baila conmigo
al compás del silencio
y su tango lúgubre.
Embriágame de besos, de neutrones,
de uranio, de cesio, de plutonio
y todo su dulce veneno
y en algún rincón abandonado
en cualquier hotel de Prípiat
amémonos,
poseámonos,
estrechémonos,
mientras la radioactividad
cubre nuestros cuerpos desnudos
con su tibia sábana letal
y sentimos cómo el tiempo se detiene
en nuestras venas
al igual que lo hizo aquella noche
en Chernóbyl
y cuando amanezca,
cuando recibamos los primeros rayos
de quinientos soles de la muerte
que una vez brillaron en Hiroshima y Nagasaki
parte conmigo
en el primer tren con destino a ningún lugar.
Huyamos lejos
del fantasma del cáncer,
recuerdo infame
que se asoma cual fuego fatuo
en los ojos inocentemente azules
de la ya extinta Unión Soviética
pero no olvidemos
hacernos una postal de viaje
con cada imagen de lo que fue y ya nunca más será,
con cada lección que aprendimos
sobre las crueles jugarretas del átomo,
las mismas que transformaron
por siempre en ciudades muertas
a Chernóbyl y Prípiat,
lugares cuya fantasmagórica magia resucita en invierno
y cuyo rostro apenas conocimos por las noticias…

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