Bitácora de una docente
Por: Adriana Herrera

Es un hecho preponderante que la educación con el transcurrir del tiempo ha dinamizado y transformado lo «habitual.» -Pero ¿Podría acaso en educación, hablarse de procesos habituales? ¿Concebida desde la hermenéutica como algo que trasciende lo tradicional? Es en tanto, que el acto educativo engendra en su haber un fenómeno con matices tan variados, que definitivamente no puede ser abordado desde un único método omnicomprensivo.
Por otra parte, la didáctica tiene como tarea profundizar en aspectos más complejos para viabilizar el proceso enseñanza aprendizaje desde un lugar comprensible y significativo donde se compartan saberes y se conciban nuevas perspectivas; de ahí que, se apoya inherentemente en la hermenéutica como alternativa paradigmática ya que esta representa no solo ciencia, sino también el arte de la interpretación, genera sentidos y habilita el pensamiento crítico en los estudiantes. Sin embargo, en la “realidad” los sistemas políticos en materia educativa se fundamentan en premisas teóricas descontextualizadas, con base en una presumida “objetividad” y sobre perfiles que obedecen a ideales políticos de turno, donde la figura del maestro pierde sentido y se desmerece su labor.
Ahora bien, como acto reflexivo en el quehacer docente, la educación tiene un compromiso fundamental con la sociedad, la de generar como obra final a mejores seres humanos, lo que nos hace cuestionar si hemos fallado en el cometido, o peor aún, conscientes de este hecho preferimos evaluar la intención académica en función de parámetros pragmáticos, destinando el criterio ético a “culpabilidades” en los diferentes niveles del sistema, olvidando que el eje guía del proceso educativo lo protagonizan los estudiantes.
Utopía: Perspectiva de una Escuela Nueva
Aprender no es una simple cuestión de incorporar “contenidos curriculares” como lo impone el sistema, este proceso debe meta-trascender a algo de mayor significado, es allí donde se gesta el verdadero aprendizaje, este debe tener un propósito y no solo de presunción racional, sino también de relevancia en lo emocional, en este sentido me permito citar la siguiente frase de Aristóteles.
«Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto»
Sin lugar a dudas, hoy transitamos un contexto social de importantes demandas que invitan a repensar la intención didáctica y pedagógica; muchos opinan al respecto: expertos, no expertos, sociedad en general, adjudicando culpables, yo prefiero pensar en entes responsables y actores del hecho educativo comprometidos; sin embargo, a juicio personal, con toda la argumentación que puedo expresar desde mi labor y el derecho que se me confiere por ser docente opino:
La educación y todo lo que a ella se le atribuye, al menos a la generación de hoy le parece un acto de opresión, obligación y carente de objetivo didáctico. Lo que definitivamente la desvirtúa y la desvía de su propósito fundamental, por mencionar uno: el desarrollo humano desde lo significativo. (Didáctica y Hermenéutica)
Finalmente, la educación debe ser un vínculo indicador donde la experiencia del aprendizaje vaya más allá del elaborado currículo con sus pródigas teorías, en donde por cierto, no se consideran actividades de comprensión y gestión emocional, aunque en él se contempla el perfil de un individuo integral.
Definitivamente la tarea de educar es poner en acción la transmisión de instancias culturales, en donde se le brinde al educando la posibilidad de afianzar aspectos propios a sus valores inherentes, pero también cuestionarlos, transformarlos, reforzar las capacidades, que inviten a explorar los verdaderos intereses de los estudiantes porque ella, la educación, debe abarcar todas las capacidades humanas sin ser subestimadas.
¿Acaso, la visión de Platón aún sigue vigente? ¿Es hoy día la educación La Alegoría de la Caverna de Platón? Fin de la bitácora por hoy.
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