Así como en el universo, las estrellas deben morir para eclipsar todo a su paso, muchas versiones de mi niñez murieron en ese tiempo. Hubo un momento de impacto, donde sentí que el mundo colapsaba y era el ser consciente de que a nadie alrededor parecía conmoverle lo que nos sucedía. ¿Éramos acaso invisibles? ¿Estábamos hechos de un material transparente que no le permitía a los demás notar nuestras heridas? Y no, no hablo solo de las físicas, sino las emocionales.
Dicen que los ojos son la ventana del alma; los míos siempre vivían nublados. Cerraba mis ojos para evadir lo que sucedía afuera y entonces la veía tan real que casi podía tocarla. La veía arrullándonos, cantando y sonriéndonos, podía percibir su aroma y allí, ella me miraba, allí ella nos salvaba.
La justicia. Según el diccionario de la Real Academia Española, es el principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente; a los 7 lo entendía como el castigo de los malos en pro de los buenos; años después aprendería que la justicia agrede más a las víctimas que el propio victimario.
Una mañana llena de sonidos brillantes y tranquilizantes, observo los cerezos del jardín, todo estaba en total tranquilidad, sereno de una manera casi mágica y tenebrosa. Me reincorporo y busco en medio de las sábanas a mi hermano, no está, no lo siento.
Mi corazón late a mil por hora.
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