Estoy cansado de sentir que cada día es un transitar constante por la rueda del hámster sin atisbos de gloria o eternidad en el horizonte. De la estupidez kilometrada disfrazada de sabiduría. De los discursos rimbombantes y edulcorados que fabrica la mentira pretendiendo convertirse en verdad. Me da náuseas la dignidad prostituida al mejor postor como perlas lanzadas a los cerdos tan sólo por alimentar (sin hallar saciedad) al ego. Y ni hablemos de los intentos desesperados de algunos de verse solemnes e impecables envueltos en una nube de perfume e impecables trajes de diseño (arlequines vacíos, diría Roca) mientras en un desespero poco o nada disimulado esconden su podredumbre debajo de la mesa.
Me causan terror las máscaras sonrientes qué muchos llevan puestas según convenga que los verdaderos monstruos que habitan bajo ellas. Y siento una gran pena de los que obnubilados por el oro y la belleza miran al resto del mundo por encima del hombro cuando lo único que logran es exhibir su propia miseria. Siento que se me congela hasta la médula ver cómo pretenden construir otros mundos destruyendo a pedazos el propio, a costa de tantas historias extinguidas mientras de la mano marchamos sin mirar hacia el abismo que se abre a nuestros pies devorándolo todo. Que alguien me explique cómo, dónde y cuándo la ciencia y el trabajo que una vez movieron al universo ahora parecen valer menos que las piedras que suelen arrojarles la ignorancia y la desidia, cuando la indiferencia nos cegó los ojos y nos resecó el alma y desde qué habitación clandestina la lujuria terminó por vencer al amor.
Debe haber algún lugar, algún momento en donde el dolor del otro también sea el nuestro y su alegría también nos ilumine el panorama, donde ser y parecer dejen su engañosa sinonimia, donde nos grabemos en la memoria que venimos de la tierra y a ella misma habremos de volver algún día antes de que lo único que se pueda contar de nuestra humanidad sea la remanente suma de nuestros huesos…
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