Por: Mónica García

La primera pandemia de este siglo –que seguramente no será la última y tampoco nos hizo mejores, como ingenuamente llegamos a creer- nos trajo visiones de lo que son ya muchas ciudades (especialmente de ese que llaman el “viejo continente” que cada vez más justifica este apelativo, pues su población se hace mayor a ritmos acelerados) de ancianos muriendo en hogares de cuidado o en sus casas solos y cómo muchos jóvenes y algunos no tanto que se ofrecieron a visitar a quienes no tenían ninguna compañía o sus familias estaban lejos y no podían desplazarse; cuatro años después se escucha en las noticias cómo todos los espectáculos, nuevos restaurantes, sitios turísticos son abarrotados por adolescentes y personas de distintas edades que sintieron que la pandemia les arrebató un par de años valiosos, por lo que sienten más que la necesidad la obligación de no perderse de nada, para recuperar un poco el tiempo perdido.
Pero hay a quienes los recursos no les alcanzan o simplemente todo ese barullo no les interesa; están quienes trabajan más que nadie y solo alcanzan a cubrir los gastos del mes o no alcanzan en absoluto a hacerlo; y también hay quienes desde el encierro simplemente se volcaron más por la introspección y el silencio y sienten que ya no hay vuelta atrás, que consideran que lo profundo del autoexamen y la convivencia consigo mismos y sus más cercanos está por encima de lo banal del consumismo… Y, de todos estos distintos modos de vivir ¿quiénes están más solos? La dinámica de las redes nos envuelve en un mundo de imágenes tan bien producidas que nos las tomamos en serio como aquellos primeros espectadores de las salas de cine que corrían aterrorizados porque el tren que veían en la pantalla los podía aplastar; y nos hacen pensar que esa felicidad es verdadera, que miles de seres humanos están haciendo cosas interesantes y divertidas todo el tiempo mientras los demás, los espectadores, estamos envueltos en una rutina imparable y plagada de carencias.
¿De verdad estas personas tienen tantos amigos, encontraron el amor perfecto, viven en el paraíso mientras nosotros nos topamos de frente con las deudas, el humo, los huecos, los trancones y los ladrones a diario? ¿Existe una vida así, posible para cada uno de nosotros y solo basta desearla intensamente, tal como afirman todos esos gurús de la autoayuda y la vida feliz? Pareciera, según las historias de éxito que proliferan, que solo a unos pocos nos correspondió la vida aburrida, llena de necesidades y en la espera de mensajes de saludo e invitaciones que nunca llegan, de amigos que nunca tienen tiempo ni plata ni ánimos para vernos porque el trabajo, la familia y la vida cotidiana absorben sus fuerzas. Y llegas a la conclusión de que hay algo malo en ti, de que tienes algún problema o algo no entiendes de todo este rollo social y relacional.
Pero no es así, no tienes ningún problema y los demás también están agobiados y solos, la diferencia es que algunos capitalizan esos pocos buenos momentos y los convierten en un estilo de vida deseable para muchos. Y tus amigos y tu familia y esos que te quieren lo siguen haciendo, solo dales tiempo para darse cuenta de que siempre has estado allí para ellos.

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