DIOS EN TI

Por: Hazzam Gallego


He buscado a Dios en la vastedad del cosmos,
en la quietud del alba y en el rugido del trueno,
en la sabiduría de los libros y en la mirada de los niños.


He explorado su presencia divina en paisajes inmensos,
en las oraciones entonadas con fervor,
en los cantos y alabanzas que elevan el espíritu,
en la guía de abuelos y en los olores de las flores.


En la solemnidad de los cultos y las misas,
en los versículos, testimonios, actos y milagros,
en el brillo de las estrellas y las constelaciones,
y en la armonía entre la ciencia y la poesía.


He buscado a ese Dios, narrado como un Dios distante,
un juez implacable que observa desde lo alto,
un ser al que temía y, en ocasiones, negaba.
Un Dios de castigo y enojo,
a quién por respeto no molestaba y por miedo no le hablaba.


Deseo conocerlo, que responda mi llamado o tan siquiera me demuestre que existe.


Y entonces, te conocí,
y en tu rostro vislumbré la misericordia y la ternura del Padre,
la paciencia infinita del Hijo,
y el poder inmutable del Espíritu Santo.


Contemplo a Dios en ti cada vez que extiendes tu mano al necesitado,
cada vez que ofreces una palabra de aliento,
y cada vez que tu corazón se abre al amor.


Lo percibo en cada gesto tuyo,
en la cadencia de tu voz,
en la calidez de tu abrazo
y en la profundidad de tu mirada.


Observo a Dios en tu visión del mundo,
en tu dedicación a la ayuda, en tu sonrisa radiante,
en tu canto jubiloso, en tu arte,
Lo descubro en la pasión de tus sueños y en tu andar constante.


Diviso a Dios en ti, en cada movimiento que realizas,
en cada saludo que ofreces,
en los colores que te envuelven
y en el aroma que emanas.


Lo encuentro en cada fibra de tu ser,
en tu energía y curiosidad,
en la admiración que despiertas
y el respeto que inspiras.


Lo percibo en tus lágrimas genuinas,
en tu silencio y tus miradas melancólicas,
en cada gato que se te acerca
y en cada abuelo que te bendice.


Contemplo a Dios en ti, en cada gesto generoso,
en cada acto de amor sincero,
en cada poema que recitas,
y en los ojos conmovedores que te llenan de compasión.


Lo veo en ti cada vez que te sumerges en el silencio,
cuando reflexionas sobre el misterio de la existencia,
cuando buscas la razón del actuar humano,
en tu vulnerabilidad, en tus dudas y temores.


Descubro a Dios en ti, criatura divina en constante aprendizaje,
Lo percibo en tu incansable lucha por la superación,
En tu coraje de aceptación, en tus pensamientos firmes
Y en tu búsqueda incesante de la verdad y la bondad.


En ti, amada mía, encuentro a Dios, en todas sus formas y manifestaciones,
en todo su poder, majestuosidad y omnipresencia.
Un Dios que no reside en un cielo distante, sino que mora en nuestro interior, aguardando ser reconocido en la maravilla de lo cotidiano.

Apoya a nuestros escritores donando en el siguiente link de VAKI:


Deja un comentario


Descarga el PDF a continuación:

Sobre el autor:

Busca columnas por autor

Deja un comentario