Una mañana de octubre de 1996, desperté con una noticia desgarradora: el hombre más querido del pueblo había fallecido. No se trataba de un sacerdote ni de una figura adinerada, sino del individuo más humilde de la localidad. Siempre dispuesto a saludar con una sonrisa y ofrecer sabios consejos, este hombre era una presencia reconfortante para todos los que lo conocían. A menudo, en sus encuentros fortuitos por el camino, compartía historias que quedaban grabadas en la memoria de quienes las escuchaban.
Una semana antes de su partida, tuve la oportunidad de cruzarme con él mientras caminaba. Al ofrecerme para ayudarle con las bolsas que cargaba, gentilmente aceptó y, a cambio, compartió conmigo una historia que pocos en el pueblo conocían.
«Cuando mi madre falleció», comenzó, «era todavía de madrugada. En aquella época teníamos tres perros, y aquella noche uno de ellos comenzó a aullar de manera desgarradora. Era un lamento lastimero, como si alguien estuviera llorando. Según nuestras creencias, esto sucede porque la persona recién fallecida se encuentra afligida, y el único que puede escuchar su lamento es el perro, quien lo imita para que todos lo oigan. Por eso, cuando escuches a un perro aullar de esa manera, es porque algún alma está llorando su partida.»
Aquel relato resonó en mi mente cuando asistí al sepelio del querido hombre. Todos los perros del pueblo, de manera casi sincronizada, comenzaron a aullar de una forma tan desgarradora que una señora a mi lado exclamó: «¿Escuchas el llanto del difunto?». Asentí con solemnidad, ya familiarizado con aquel fenómeno.
Desde entonces, cada vez que escucho a un perro aullar de esa manera, sé que se trata del llanto de algún alma que busca consuelo en su tránsito hacia la paz eterna. Y en esos momentos, elevo mis oraciones deseando que encuentren el descanso y la serenidad que merecen.
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