INSOMNIO DE CUARENTENA

Por: Hazzam Gallego

18 de Abril de 2020

Un enemigo invisible llegó, sin rostro, sin nombre, sin piedad.
Nos encerró en nuestras casas, nos hirió de muerte y nos robó la libertad.
Las calles, antes vibrantes, ahora son un desierto de silencio.
Los niños, antes risueños, ahora solo se asoman por las ventanas.


La muerte ronda, omnipresente, cada sirena anuncia una nueva víctima.
Los llantos de los huérfanos son un eco desgarrador en la noche, solo gatos rondan los techos y una luna roja anuncia otra muerte.


Yo me refugio en mi biblioteca, entre libros y sueños,
en un universo de letras y papel.
Aquí encuentro la paz que me evade,
la esperanza que me impulsa a ser fiel.
Busco escapar de esta cruel realidad,
preparándome para el inevitable final,
llenando mi alma de conocimiento y verdad, antes de caer en la crueldad de esa enfermedad.


Este ser, invisible pero omnipresente,
ha separado amores y abrazos tiernos, se ha colado entre caricias y bendiciones de abuelos,
ha oscurecido el aroma del café y le quitó sabor a la vida.


Me arrebata de a poco todo lo que amé, mi familia, mis amigos, mis amores, mis sueños y anhelos,
y al final, no satisfecho con eso, también me quiere a mí,
me dejó inmóvil aferrado a una cama,
y en mi último suspiro, me convierto en un número más de su furia.


No sé qué pasó, cuando aconteció este extraño ser que nos obligó a encerrarnos,
nos esclavizó sin represión,
nos vulneró y nos acechó en nuestra casa,
nos arrojó a la oscuridad de la habitación, y al abrazo de una cama fría.


Veo muerte y desasosiego, sirenas llevando padres y madres,
llantos de familias, gritos de ayuda y prohibiciones en todas partes. Gente de blanco sacando cuerpos inertes como si de una guerra se tratara, en bolsas plásticas cómo si basura se llamaran.


Yo mientras tanto, intento aferrarme a la vida,
Pero mi respiro se debilita,
no logro susurrar nada, respiro cada vez más lento
y justo cuando tomo mi última dosis de aire,
exclamo una alabanza a ese Dios que siempre busqué, al que intenté serle fiel, y siento que conoceré. Me digno a marcharme a ese mundo que muchos describen, a un mundo donde puedo estar en paz, donde puedo correr, abrazar, gritar y sonreír,
en donde puedo exclamar mis poemas en voz alta, donde puedo cantarle a mi madre y besar a mi padre.


Lastimosamente, mientras viajo a ese mundo, acá en la tierra, sigue esa guerra dejando cadáveres, viudas y huérfanos.
Yo me convertí en un dato más, un número más de una pandemia sin origen, ni inicio,
pero que engrandeció a esa muerte que va con su hoz,
casa por casa jugando a los dados, escogiendo sus pasajeros.


No sé cuándo terminará este encierro,
ni cuántas vidas se perderán.
Pero tengo la certeza de un nuevo comienzo,
un futuro donde la alegría reinará, en donde aunque ya no esté, podré ver nuevamente a los niños correr por las calles y a las familias unidas recorriendo juntos los valles.


Un día volveremos a ser libres,
un día volveremos a sonreír.
Y cuando ese día llegue,
recordaremos este tiempo oscuro como una lección aprendida.

Mi ida no pasará en vano, pues dejé mis escritos en la eternidad, guardé mi último suspiro en un papel y lo volví poema, ahora estoy en paz, y siento que la muerte me abrazó, cumpliendo mi objetivo, pasé esta pandemia
como una prueba superada.

Aunque ya no estoy en la tierra. si estoy en aquellas personas que superaron este mal, en aquellas almas que leyeron mis poemas, que me dieron un abrazo y que me recordarán para siempre.

Aunque la cuarentena nos quitó todo, me dejó por fin terminar mi libro y con eso ya es suficiente, ese mal entró en mi y me quitó la respiración, me encendió por dentro, me hizo sufrir, me arrebató todo, no me quería dejar ir, pero me soltó.

Estoy con Dios y ya le escribí, viví para eso, para morir en una pandemia y vivir por miles de letras.

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