Quebrada cristalina fría al extremo, casi helada, de piedras distantes y tangibles donde terminé perdido y desnudo.
Bañarse fue una disciplina tortuosa pero en días mozos todo se soportaba Sumergido en tu limpieza en medio de aquellos pequeños árboles era imposible no sentirse privilegiado.
No importó la distancia para llegar a tus aguas el regreso impoluto fue premiado con un rostro angelical. Si, ¡le faltaban dientes! parecía cerca de potrero embestida por un toro pero no dejaba de ser bella, aún así, era bella.
Nunca me aceptó mis invitaciones para ir a aquel santuario natural aunque se moría de las ganas, lo decía el brillo de sus ojos y la sonrisa que deseaba ocultar sin lograrlo, a pesar del abrazo efímero de una tarde cómplice y de su mano dibujando temblorosa la silueta de su otra mano sobre un papel.
Y un día me fui para no volver pero antes fui a aquella quebrada cristalina, fría al extremo, casi helada posado en sus piedras cristalinas y soñando con su desnudez.
(Era otra Remedios, quien aún calva y con ropa rústica nunca perdía su belleza. Era la nueva Afrodita de tierras antioqueñas).
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