El pasado es la construcción, la edificación de quienes somos y de dónde estamos.
El pasado es el poseedor de todas nuestras vivencias, es quien recoge, registra y almacena las huellas que vamos dejando en nuestro camino y las almacena al son de un jazz melancólico, que rememora una tristeza o alegría de lo que en algún momento fue un presente.
Sin percibirlo, solemos dar un gran salto al vacío, al futuro. Empezamos a cuestionarnos situaciones, personas y momentos que aún no se vislumbran en nuestro existir. Cargamos de angustia nuestra mente y nuestro espíritu con afanes y preocupaciones innecesarias que paralizan y nos distraen de lo único que tenemos seguro, el único lugar que es nuestro todo el tiempo pero que tenemos olvidado: El hoy, el ahora.
El presente es una lucha diaria directamente con nosotros mismos. Es nuestro mano a mano con cada momento, situación o persona, con cada sentimiento y pensamiento que aborde nuestro existir inmediato. Este acontecer le va sumando experiencias a nuestro pasado y satisfacciones a nuestro presente, satisfacciones que nos irán distinguiendo el camino que empezarán nuestros pasos al día siguiente.
¿En dónde está tu presente? ¿Qué está haciendo y con quién está? ¿Es realmente lo que quieres? «Hermosos regalos esconde la vida, solo para quien se entrega sin medida» dice una canción. La satisfacción de caminar por esta vida, por ti y para ti, tendrá como recompensa el maravilloso inicio del día siguiente, un paso que te acerca más al otro, sin necesidad de repensar ni saber qué será, cuál será o en dónde será. Olvidar el presente es ignorar la realidad de nuestro existir y del disfrute efímero del vivir. Abrimos los ojos, creamos nuestro día y al final de él, nos entregamos a Morfeo para que convierta ese presente en pasado, dándole cabida al futuro que tejerás al despertar sin contemplarlo como tal. Nuestro presente es el sueño mismo, morir, en realidad, es despertar de él.
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