Por: Mónica García
Fenómenos recientes como la llegada al país del condenado ex paramilitar Salvatore Mancuso designado por el gobierno como gestor de paz, así como la polémica propuesta de algunos políticos de derecha –incluyendo a nuestro novel alcalde y a uno de los negociadores de paz con el ELN, el señor Lafourie- de armar a la ciudadanía dado el aumento de los robos masivos en lugares públicos entre otros problemas de seguridad, han avivado la polémica frente al tema y despertado en muchos ese dragón dormido: la conveniencia de la autodefensa como estrategia para enfrentar a la delincuencia.
Si bien es difícil ubicar el origen de estos movimientos en Colombia (se dice que surgieron con la violencia de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado con los conocidos Pájaros), para nadie es un secreto que el arribo de Uribe Vélez al poder contribuyó a fortalecerlos, con su auspicio a la creación de las famosas Convivir –cooperativas privadas que buscaban brindar vigilancia y seguridad a la población-, consolidándose durante su mandato un poder militar tan determinante que el paso a la política fue como darle un dulce a un niño en un país agobiado por más de 50 años de violencia y por secuestros, extorsiones, robos de ganado, tomas de estaciones de policía en regiones apartadas e indefensas, entre otros hechos delincuenciales amplificados por los medios de comunicación que durante las primeras décadas del siglo veintiuno dejaron su simulada parcialidad para convertirse en voceros del poder.
El caso es que aún parece que no todos nos enteramos de los horrores cometidos por el paramilitarismo y solo unas cuantas madres que cargan con el dolor y el estigma del asesinato de sus hijos, a quienes se les puso en duda por ser jóvenes de barrios periféricos dedicados al rebusque, han sido capaces de señalar esa relación tan estrecha entre las fuerzas del Estado, supuestamente sometidas a una estricta regulación y los ejércitos paralelos (porque esa es la principal característica de estos grupos), que aunque podían contar entre sus filas a miembros de la fuerza pública no tenían ningún respeto por cuidar las formas y mucho menos por los Derechos Humanos.
Para esta servidora el paramilitarismo no es solo una cuestión de grupos armados, la mentalidad “paraca” encierra mucho más que eso: está presente en el hombre que mata a su pareja por sospechar que le es infiel; en el funcionario que incumple las normas argumentando el popular “¿usted no sabe quién soy yo?”; en el ciudadano que parquea su camioneta o su moto en el andén, en el que pone música en sus bafles a todo volumen hasta la madrugada y frente a cualquier reclamo responde con amenazas o violencia; en el vecino que deja comida envenenada en los parques para que mueran perritos y gaticos; en quienes agarran a golpes a alguien por una silla, por un puesto en el parqueadero; en los que asesinan a la mascota que los mordió; en la horda que enardecida lincha al ladrón del celular o la farola del carro.
Esa mentalidad paramilitar está más que enquistada en nuestros cerebros y en nuestras vidas –aunque no portemos armas ni insignias- y ningún proceso de paz podrá lograr su desmovilización si, primero, no tenemos consciencia de que existe y rebasa todas las normas de la convivencia y la legalidad; solo después de una reflexión profunda podremos entender que necesitamos legarle una nueva y verdadera humanidad a las generaciones que nos sucedan.

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