Por: Jean Carlos Arenas Parra
Hubo una vez
en la que el golpeteo
de los coleópteros en la ventana
era el presagio
de la llegada de la lluvia.
Y con asombro
de científico y poeta primigenio
disfrutaba de su pesado vuelo
describiendo trayectorias en el aire
y del negro tornasolado
vistiendo su existencia.
Hubo una vez
en la que mis días transcurrían libres
ante la eterna mirada pétrea
de los cerros,
entre paisajes verdes
bordeados de pinos y eucaliptos
y poblados intermitentemente
por casas humildes,
alguna que otra vaca,
carreteras que a duras penas
conocieron el asfalto
y un aire limpio, inmaculado
al que aún recuerdo
y mis pulmones piden a gritos.
Y un olor a helecho y musgo fresco
era la clara señal
de la llegada a lo más cercano
al paraíso: un pozo de aguas frías
pero en donde sumergirme en sus aguas
era casi un regresar al vientre materno.
Hubo una vez
en la que mi universo se resumía
a unas pocas calles largas
como mi melancolía,
calles en las que la niebla
camina de vez en cuando
y donde todo orbitaba
con una calma casi infinita
en torno al parque y la iglesia
(y los días empezaban y terminaban
con un hermoso concierto:
el canto angélico de los pájaros
anunciando la mañana
y la estridulacion de los grillos
en las noches).
Y todos los rostros me eran familiares,
sus sonrisas eran genuinas,
sus miradas diáfanas
y conocían mi nombre.
Y supe por primera vez
lo que era un poema
cuando al visitar a la abuela
las rosas salían a mi encuentro.
Y conocí el sabor del verano
en cada mordisco a una guayaba
o a una naranja madura.
Y la paz podía incluso beberse
en cada sorbo de leche.
Y sentí el cosmos
más cercano que de costumbre
en la luminosa danza de las luciérnagas
camino a casa.
Pero ahora
lejos de donde vi por primera vez la luz,
en un lugar en donde apenas
soy otro rostro en la muchedumbre,
donde mi nombre parece perderse
entre otros tantos.
(Respiro un aire denso y sucio,
ajeno a mis pulmones
pero que igual, necesito).
Otros habitan el que una vez
pude llamar y saber mi hogar.
Ya no están
los coleópteros,
ni las vacas,
ni la carretera desnuda,
ni el perfume impoluto a helecho y musgo,
ni la abuela y sus rosales,
ni las luciérnagas,
ni la sinfonía de pájaros y grillos,
ni mi inocencia.
Ahora me se en otras latitudes,
en otra piel que los años han endurecido.
Pero los recuerdos
aún mantienen
encendida su llama en la memoria
de aquel niño triste
cuyo universo de calles largas
aún habita en el fondo de su pecho
y que tan sólo quiere
sentirse libre y feliz
de regresar a casa. A su casa.

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