Hubo una vez en la que el golpeteo de los coleópteros en la ventana era el presagio de la llegada de la lluvia. Y con asombro de científico y poeta primigenio disfrutaba de su pesado vuelo describiendo trayectorias en el aire y del negro tornasolado vistiendo su existencia. Hubo una vez en la que mis días transcurrían libres ante la eterna mirada pétrea de los cerros, entre paisajes verdes bordeados de pinos y eucaliptos y poblados intermitentemente por casas humildes, alguna que otra vaca, carreteras que a duras penas conocieron el asfalto y un aire limpio, inmaculado al que aún recuerdo y mis pulmones piden a gritos. Y un olor a helecho y musgo fresco era la clara señal de la llegada a lo más cercano al paraíso: un pozo de aguas frías pero en donde sumergirme en sus aguas era casi un regresar al vientre materno.
Hubo una vez en la que mi universo se resumía a unas pocas calles largas como mi melancolía, calles en las que la niebla camina de vez en cuando y donde todo orbitaba con una calma casi infinita en torno al parque y la iglesia (y los días empezaban y terminaban con un hermoso concierto: el canto angélico de los pájaros anunciando la mañana y la estridulacion de los grillos en las noches). Y todos los rostros me eran familiares, sus sonrisas eran genuinas, sus miradas diáfanas y conocían mi nombre. Y supe por primera vez lo que era un poema cuando al visitar a la abuela las rosas salían a mi encuentro. Y conocí el sabor del verano en cada mordisco a una guayaba o a una naranja madura. Y la paz podía incluso beberse en cada sorbo de leche. Y sentí el cosmos más cercano que de costumbre en la luminosa danza de las luciérnagas camino a casa.
Pero ahora lejos de donde vi por primera vez la luz, en un lugar en donde apenas soy otro rostro en la muchedumbre, donde mi nombre parece perderse entre otros tantos. (Respiro un aire denso y sucio, ajeno a mis pulmones pero que igual, necesito). Otros habitan el que una vez pude llamar y saber mi hogar. Ya no están los coleópteros, ni las vacas, ni la carretera desnuda, ni el perfume impoluto a helecho y musgo, ni la abuela y sus rosales, ni las luciérnagas, ni la sinfonía de pájaros y grillos, ni mi inocencia.
Ahora me se en otras latitudes, en otra piel que los años han endurecido. Pero los recuerdos aún mantienen encendida su llama en la memoria de aquel niño triste cuyo universo de calles largas aún habita en el fondo de su pecho y que tan sólo quiere sentirse libre y feliz de regresar a casa. A su casa.
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