En mi travesía como madre y padre a la vez, enfrento el constante reto de educar una personalidad sana en mis hijos. La realidad de asumir ambos roles, ser padre y madre al mismo tiempo, se presenta como una tarea titánica. La ausencia de uno de los padres deja un vacío en la vida de mis hijos, una carencia que no puedo ignorar. Negar esta situación solo perpetuaría el silencio y las dudas no expresadas. Es crucial crear un espacio donde puedan hablar con naturalidad, donde las preguntas encuentren respuestas a lo largo de sus diferentes etapas evolutivas.
Suplir la ausencia con el apoyo de la familia se convierte en un salvavidas. Reforzamos límites y el cariño necesario para el crecimiento de mis hijos. Sin embargo, sé que debo equilibrar esta atención con cuidado. El exceso de autoridad puede asfixiar su autonomía y sembrar futuras inseguridades.
Mis hijos no deben asumir roles que no les competen, ni participar en decisiones que deberían corresponder a ambos padres. Educar en solitario implica establecer límites y normas, mostrar interés genuino en sus vidas diarias y fomentar su autonomía adaptada a cada etapa. Jugamos juntos, compartimos momentos de ocio, y mi interés por sus asuntos cotidianos es inquebrantable.
Aprender a reconocer sus emociones se convierte en un acto diario. El diálogo se erige como el puente que une nuestras experiencias. Reconocer y celebrar sus buenos comportamientos se vuelve esencial, reforzando su conducta de manera verbal, más allá de premios materiales.
Educar con coherencia se transforma en mi norte. Soy su modelo a seguir, y la consistencia entre mis palabras y acciones es vital para su crecimiento. La comunicación fluida y sana se erige como la clave para resolver desacuerdos y comprender sus preocupaciones.
Gestionar problemas se convierte en oportunidades para el cambio. Corregir con cariño, acompañar con el ejemplo y mantener una autoestima basada en la realidad se convierten en mis principios fundamentales. A pesar de las dificultades, encuentro gratificación en cada paso de este camino singular, demostrando que no se necesita un padre convencional para criar a hijos excepcionales. La verdad cruda de ser madre y padre a la vez es un equilibrio constante entre desafíos y amor incondicional.
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