SÍNDROME DEL IMPOSTOR

Mónica García

Casi todos hemos sentido alguna vez que no servimos para algo, que somos insuficientes, que nunca llenaremos las expectativas que tiene la sociedad sobre nosotros, ¿cuántas veces hemos pensado que no seremos capaces antes de comenzar un nuevo trabajo o una carrera, algo que nos exige poner a prueba nuestras capacidades, salir de nuestra zona de confort? ¿Con cuánta frecuencia nos llenamos de ansiedad y en ocasiones hasta rechazamos oportunidades, huimos antes de que nuestras supuestas fallas salgan a la luz?

La psicología habla del Síndrome del impostor, que aunque no ha sido incluido entre los manuales de desórdenes mentales se presenta de manera recurrente y tiene que ver con la sensación que experimentan muchas personas exitosas de no tener los méritos suficientes para haber llegado al lugar en el que están, considerando que el hecho de haberse destacado se debe a fenómenos externos como la suerte o la falta de competencia y por tanto algún día serán descubiertos, desenmascarados y puesta en evidencia su impostura.

Pero aquí nos estaríamos refiriendo a un fenómeno distinto, aunque con algo en común: no confiar en las propias capacidades; pero en este caso para nunca atreverse a mostrarlas o incluso a desarrollarlas, por pensar que no contamos con lo que se requiere para destacarse en esa área determinada.

Por ejemplo, ¿cuántas personas escriben, pintan, cantan, declaman o poseen un talento escondido que no se atreven a dejar salir por temor a ser considerados malos, a recibir críticas y rechazo? ¿Cuántas creen no ser lo suficientemente competentes como para ejercer la profesión que escogieron y terminan realizando otras labores, sin desarrollar su potencial? ¿Cuántos no hemos dado crédito a las palabras de aliento o de admiración de otros, creyendo que solo son expresiones de afecto o compasión, cuando pueden ser sinceras y objetivas, sin que podamos verlo así?

Y mientras muchos dudamos, tantos otros sin una pizca de aptitud o sin poseer los mínimos conocimientos o la formación necesaria se lanzan a desarrollar actividades en las que terminan destacándose, gracias tal vez a esa autoconfianza que les impide dejarse llevar por el miedo al ridículo y esa molesta voz que muy adentro nos dice que no somos lo suficientemente buenos, ni atractivos, ni carismáticos.

Esa voz, que viene de lo que Sigmund Freud llamó el superyó y constituye nuestra autoconciencia, se ha ido tejiendo a lo largo de nuestra vida a partir la ley social interiorizada y se convierte en nuestro propio código moral, pero puede llegar a tornarse en un juez demasiado exigente que nos somete a su escrutinio y nos impide el disfrute de la capacidad de equivocarnos, de atrevernos y dejarnos sorprender, haciéndonos la vida más difícil de lo que ya es.

Así que a veces hay que silenciar nuestro superyó, cerrar los ojos y dejarnos llevar por nuestra intuición; y confiar, que lo peor que puede pasar es que sigamos en el anonimato de nuestra vida común, pero al menos sabremos que lo hemos intentado.

Apoya a nuestros escritores donando en el siguiente link de VAKI:


Deja un comentario


Descarga el escrito en PDF a continuación:


Sobre el Autor:

Busca Columnas por Autor

Deja un comentario