Anita estaba sola en casa, disfrutando de su tiempo a su manera. Ya había completado las tareas que su madre le había encomendado, y ahora tenía todo el espacio de la parcela para convertirlo en su campo de juegos. Aunque la casa era modesta, con sus muros de ladrillos sin pintar y su techo recto de tablas anchas, Anita la veía como su propio castillo. La huerta y los corrales eran su reino, un lugar lleno de magia y aventuras imaginarias.
En ese momento, se encontraba preparando un banquete real con barro, creando postres y pasteles imaginarios en los surcos de la huerta. Era el escenario perfecto para sus incontables aventuras imaginarias. De repente, sintió una gélida punzada recorrer su espalda, y al levantar la vista, se encontró con un enorme perro negro.
Este majestuoso canino, que parecía una mezcla de labrador y otras razas, la observaba fijamente. Sus ojos rojizos brillaban con un resplandor de brasas, invitándola de manera inexplicable a acercarse. Anita extendió la mano para tocar su lacio pelaje, pero el perro retrocedió, guiándola con la mirada hacia el bosque.
Sin dudarlo, Anita se puso de pie y lo siguió. El perro la llevaba a través del bosque, donde algunos vecinos afirmaban ver bolas de luz flotantes. La noción del tiempo se desvanecía a medida que avanzaban entre la vegetación. Tropezaba, se enredaba en la maleza, pero el perro continuaba su camino como si la naturaleza misma le abriera paso.
Finalmente, el perro se detuvo, giró la cabeza y la miró intensamente. En ese momento, el mundo a su alrededor se desvaneció gradualmente, sumiéndose en la oscuridad. Solo los ojos del perro mantenían su brillo, y de repente, la criatura comenzó a hablarle.
La voz, más que un sonido, resonaba en la mente de Anita. El perro, que se llamaba Bobi, provenía de un reino mágico lleno de maravillas. Le ofreció enseñarle a volar como un hada, a crear pasteles y castillos, y le regaló una ocarina de barro como símbolo de su alianza.
Anita aceptó emocionada, sintiendo que su sueño se volvía realidad. El bosque volvió a cobrar vida, y Bobi desapareció entre las sombras, dejándole el regalo. Anita estaba convencida de que, de alguna manera, Bobi estaría siempre con ella mientras conservara la ocarina. Este encuentro mágico marcó el inicio de una amistad que trascendía los límites de la realidad y la fantasía.
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