EL PEQUEÑO VAMPIRO

Por: Naili Bautista

En un pueblo remoto y sombrío, vivía una mujer solitaria con su hijo. Nadie sabía de su existencia, pues la mujer lo mantenía atado y oculto en lo más profundo de su casa. Su hijo era un pequeño vampiro, que había nacido con una sed insaciable de sangre y una cara de bestia feroz. La mujer lo amaba con locura, y por eso le conseguía sangre todas las noches, sin importar el precio.

Al principio, la mujer cazaba animales callejeros: gatos, perros, ratas, palomas… Los llevaba a su casa y se los daba a su hijo, que los devoraba con ansia, pero pronto, los animales se acabaron, y la mujer tuvo que buscar otras presas. Empezó a robar las mascotas de sus vecinos: gallinas, cerdos, loros, conejos… Cualquier cosa que tuviera sangre era suficiente, pero también se acabaron las mascotas, y la mujer no halló más remedio que ir por los dueños de las mascotas desaparecidas.

Así continuó por un tiempo, nadie sospechaba de aquella mujer débil y diminuta que vivía sola en su casa; Pero al poco tiempo, la mayoría de las personas habían desaparecido misteriosamente y el otro poco, se habían marchado del pueblo aterrados por las desgracias, solo quedaba ella y su pequeño vampiro, que demandaba en gran lamentación un poco de sangre.

La mujer desesperada, porque ya no sabía qué darle, tomó un cuchillo y se quitó un brazo para que su hijo pudiera comer, el vampiro se lo arrancó de la mano y lo engulló con voracidad. Luego, la mujer se quitó una pierna, y se la ofreció a su hijo, que la aceptó sin dudar; la mujer se desangraba lentamente, pero seguía amando a su hijo por encima de todo, creyó que su amor por su hijo debía ser más importante que su vida y le dio un beso para luego tirársele en frente, donde el vampiro la esperaba con los colmillos afilados.

El vampiro se lanzó sobre ella con una ferocidad salvaje, desgarrando su carne y bebiendo su sangre hasta saciar su hambre ancestral. Pero al hacerlo, sintió algo que nunca había sentido antes: un dolor punzante en el pecho, una lágrima en el ojo, un nudo en la garganta, era el amor de su madre, que le llegaba a través de su sangre. El vampiro se dio cuenta de que acababa de perder lo único que le importaba en el mundo, y se arrepintió de su acto, quiso abrazar a su madre, pero solo quedaba un montón de huesos y vísceras, quiso pedirle perdón, pero solo salió un aullido de dolor.

El vampiro quedó solo y atado en aquella casa, sin nadie que lo cuidara ni lo alimentara, pasaron los días, y el vampiro empezó a sentir una nueva sensación: el hambre, un hambre que lo consumía por dentro, que lo debilitaba y lo torturaba. El vampiro buscó algo que comer, pero no había nada, ni siquiera podía morderse a sí mismo, pues su piel era dura como el acero, el vampiro se resignó a morir de hambre, solo y atado en aquella casa.

Así terminó la trágica historia del pequeño vampiro y su madre, Una historia que nos enseña que hay otras formas de amar que no implican renunciar a todo ni someterse a nadie. Que no debemos morir evitando que alguien que quiere morir lo haga, porque al final, terminará arrastrándonos consigo. Que a veces, lo mejor que podemos hacer por alguien que amamos es dejarlo ir.

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