Hablo, señoras y señores, de aquellos que pasan desapercibidos, de los que no ocupan primeras planas ni espacio en los sermones.
Hablo de aquellos cuya luz se desvanece en medio del ritmo agitado del día a día.
Hablo de los que a simple vista parecieran no tener la suficiente apoteosis como para colgarlos cual medallas en el pecho de algún santo, pero son verdaderos prodigios en medio del tejido infinito del universo: la lluvia calmando la sed angustiante de las sequías, la sabiduría robándole hijos a la guerra, el pan y la sopa floreciendo generosos en las mesas humildes tres veces al día, el niño sordo escuchando por primera vez la música del mundo, el sol rompiendo el caos cotidiano entre nubes de óxido antes de ceder su espacio a la noche, el muchacho que aún con su corazón destrozado se levanta de su cama y le dice al mundo «aquí estoy», la mujer que decidió no callar más y le puso un alto definitivo al miedo, el convaleciente que tras una larga estancia sale en una anónima marcha triunfal hacia su casa; la sinfonía de colores, aromas, sabores, texturas y sonidos que día a día nos recuerda que estamos vivos, el verde levantándose glorioso y solemne entre el asfalto aún contra todo pronóstico, el viejo amigo que regresa de repente del olvido sin buscar nada más que romper muros y tejer puentes, techos protegiendo de la lluvia inclemente, niños que aún se asombran ante la magia de los libros, el aire fresco que aún sobrevive en los campos y las sonrisas de satisfacción por aquel «contratado» que le arrebata terreno a la desesperación y al hambre y promete pan y días mejores por venir.
Hablo, señoras y señores, de milagros. De verdaderos milagros. De los que a regañadientes se mencionan en las catedrales. De los que permanecen invisibles (a veces) a los ojos pero que hacen que vivir sea posible aún a pesar de todo y de todos…
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