MILAGROS

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Hablo, señoras y señores,
de aquellos que pasan desapercibidos,
de los que no ocupan primeras planas
ni espacio en los sermones.


Hablo de aquellos cuya luz se desvanece
en medio del ritmo agitado del día a día.


Hablo de los que a simple vista
parecieran no tener la suficiente apoteosis
como para colgarlos cual medallas
en el pecho de algún santo,
pero son verdaderos prodigios
en medio del tejido infinito del universo:
la lluvia calmando la sed angustiante de las sequías,
la sabiduría robándole hijos a la guerra,
el pan y la sopa floreciendo generosos
en las mesas humildes tres veces al día,
el niño sordo escuchando por primera vez
la música del mundo,
el sol rompiendo el caos cotidiano entre nubes de óxido
antes de ceder su espacio a la noche,
el muchacho que aún con su corazón destrozado
se levanta de su cama y le dice al mundo «aquí estoy»,
la mujer que decidió no callar más
y le puso un alto definitivo al miedo,
el convaleciente que tras una larga estancia
sale en una anónima marcha triunfal hacia su casa;
la sinfonía de colores, aromas, sabores, texturas y sonidos
que día a día nos recuerda que estamos vivos,
el verde levantándose glorioso y solemne entre el asfalto
aún contra todo pronóstico,
el viejo amigo que regresa de repente del olvido
sin buscar nada más que romper muros y tejer puentes,
techos protegiendo de la lluvia inclemente,
niños que aún se asombran ante la magia de los libros,
el aire fresco que aún sobrevive en los campos
y las sonrisas de satisfacción por aquel «contratado»
que le arrebata terreno a la desesperación y al hambre
y promete pan y días mejores por venir.


Hablo, señoras y señores,
de milagros. De verdaderos milagros.
De los que a regañadientes
se mencionan en las catedrales.
De los que permanecen invisibles (a veces) a los ojos
pero que hacen que vivir sea posible
aún a pesar de todo y de todos…

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