Por: Mónica García
Tal vez seas una de esas mujeres que rechaza al movimiento feminista por su “radicalismo”, porque no consideras que sus luchas (por el derecho al aborto, por ejemplo) sean las tuyas; o uno de esos hombres a los que les molestan sus quejas, las piernas y axilas peludas de algunas de sus militantes o les asusta que los puedan escrachar en público por haber “piropeado” a una conocida o no en cualquier momento de la vida; es posible que observes con asombro y hasta con disgusto sus marchas, sus actos simbólicos, sus reclamos enardecidos, especialmente en fechas significativas como el 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer Trabajadora) o el 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer).
Seguramente te parece innecesario que hagan tanto escándalo si matan a alguna o a varias si se lo buscaron siendo infieles o se metieron con el que no debían; si las violaron porque simplemente se expusieron al ir solas a determinado lugar o vestidas de manera provocativa. ¿Por qué tanta alharaca si matan hombres y en mucho mayor número todos los días, verdad? ¿Por qué deberían existir las cuotas de participación política y la paridad de género si al fin y al cabo ellas son libres de hacer lo que quieran y tienen las mismas oportunidades que el género masculino para realizarse como personas y como profesionales? ¿No?
Puedo entender el cansancio o el fastidio que producen esas que se rebelan contra un orden que las tenía como lindas princesas, como las damas del hogar en el que solo debían ser dulces y sumisas, cumplir con su deber en la sociedad de mantener la casa y los hijos limpios y a los esposos contentos; eso sí, sin exigir, sin demandar, ¿o es que no les bastaba con que sus esposos trabajaran incansablemente para darles todo? ¿Tenían acaso necesidad de pedir fidelidad e igualarse a ellos trabajando en la calle, ejerciendo sus profesiones que requieren la capacidad mental superior que solo posee el varón?
Solía pensar de la misma manera, porque al fin y al cabo nunca sufrí discriminación por mi sexo biológico (¿segura?); no me abusaron (¿o sí?); en mi condición de contratista no fui más precarizada que los hombres (en ella todos estamos jodidos por igual); y evidentemente no me asesinaron. Pero pasó que un día, después de leer a Virginia Woolf, algo parecido a la conciencia de clase empezó a tener sentido, porque ¡Ey, tuve privilegios! Asistí a colegios privados, pertenezco a la clase media, soy de piel clara y no tuve que usar el transporte público hasta que fui mayor de edad y estudié en otra ciudad; además, los roces en los senos, las palmadas en las nalgas o los besos robados de jefes, amigos o compañeros de trabajo no podían ser acoso, ¿cierto?
Entonces vi la historia con otros ojos y me di cuenta de que hace 200, 100, incluso 50 años éramos tan pocas en las fábricas, en la política, en las artes y hasta en las batallas que parecía sospechoso, una especie de conspiración. Y sí que lo fue. Se nos segregó de lo público y desde tiempos inmemoriales en casi todas las culturas se nos trató como seres inferiores, se nos tachó de díscolas, perversas y brujas, se nos acusó –y lo siguen haciendo- de encantar a los hombres (pobres inocentes) y hacerlos cometer maldades.
Fue gracias a muchas valientes que se opusieron a ese sistema cruel –y también, como no, a muchos padres, esposos y hermanos que las apoyaron-, que pudimos empezar a ver nuestros nombres en todos los campos de la vida social; gracias a las pioneras que pagaron incluso con sus vidas hoy podemos salir a trabajar y estudiar, a competir por altos cargos (aunque todavía nos paguen menos y nos juzguen más). Pero nos siguen acosando, abusando y matando y siendo para muchos propiedad de los hombres, porque nos consideran incapaces de autodeterminarnos.
Por eso la lucha por un mundo de verdad igualitario, en el que ninguna mujer tenga miedo de existir por el solo hecho de serlo debe seguir y nadie debería quedarse por fuera de ella.

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