INERTE

Por: Michael Alexis Galvis contreras

Tras la ventana humeante del vapor de gotas que la acariciaban, posaba su rostro dormido; perdida tal vez en las colinas que se vislumbraban en la lejanía, algunas ya atacadas por las heladas constantes terminaban por adquirir un color sepia que envolvía el ambiente en cierta nostalgia, pero, en comparación, no se sabía qué estaba más opaco, si las colinas o la mirada de la triste muchacha; a veces parecía que olvidaba parpadear.

Esa tarde sintió una fuerza sobrenatural, un impacto casi gélido que envolvía su espacio, más allá del clima y del ambiente; cualquier sensación que guardara en su memoria era completamente diferente a la sentida en ese momento, un viento aciago casi fantasmal; una montaña de carne maloliente se le presentó en una aparición escalofriante, con gritos, con pasos pesados; ella echó a correr con todas sus fuerzas, pero el miedo las hacía nulas, aun así, con dificultad, buscaba dónde refugiarse; la masa de carne se acercaba con risita quejumbrosa, con respiración agitada, como la de un octogenario obeso; su volumen llenaba el espacio total de la humilde habitación, lo absorbía todo, lo consumía todo.

 Logró, con un esfuerzo sobrehumano, moverse, aunque sus rodillas temblaran, aunque sus huesos empezaran a quebrarse, aunque las nubes en su vista precipitaran de pronto, aunque su vientre se quemara poco a poco; finalmente, se ocultó en una antigüedad de madera que constituía un armario; tras las astillas de madera que la humedad había logrado desprender, se veían los rayos de sol entrar y, por la misma abertura, se lograba observar aquella colina tan idealizada; se oían los últimos pasos scratch scratch; una figura ensombreció el lugar y desprendió las puertas.

Despertó entonces de un sobresalto con un grito profundo que estremeció las paredes, se sentó en la cama y apoyó el mentón sobre sus rodillas, observó la humedad que oscurecía el enrejado, observó la ropa amontonada que ya perdía su color a causa de los años acumulados, el olor a tierra mojada y óxido, los rayos de luz que acariciaban su pálido rostro y, por último, el sonido de los pasos y la respiración agitada de un ser que sube uno a uno los peldaños de la anticuada escalera; la única diferencia es que ahora la triste muchacha no va a despertar.

Apoya a nuestros escritores donando en el siguiente link de VAKI:


Deja un comentario


Descarga el PDF a continuación:

Busca Columnas por autor:

Deja un comentario