Dibujé montañas agrestes y un cielo inmenso con un azul que perdió su brillo y fue dominado por el negro azabache.
Había como un presagio de tormenta y nubes espesas, sonidos de estruendo y pavor, árboles meciéndose temerosos y un viento frío y húmedo.
El pincel tocaba el lienzo con sopor, la espátula coronaba los picos de los cerros con pequeñas muestras de brillo, dejando orificios donde se escondían pequeñas crías temerosas.
No todo estaba consumado. Dibujé un par de niños tomados de la mano, se mojaban con cada gota de lluvia posible saltaban entre charcos, esculpían soldaditos con el lodo e hicieron canales mediante surcos formados por dedos magistrales…
Fue por un instante mi propia inocencia con el rostro empapado por el rocío y las manos heladas. Y volví a tener amigos invisibles y a temblar de miedo por la mirada de Nancy.
¡Y el cielo oscuro y las nubes grises fueron reemplazadas por el azul más intenso coloreado con pinceles que yo diría estaban felices!
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